Place de la République I

Siempre he deseado este viaje, siempre.

Desde pequeña, desde mucho antes que el arte se apropiara de mi ser, deseaba conocer la ciudad del amor, la ciudad donde el romanticismo esta plagado en el aire, donde esas pequeñas calles de adoquines te invitan a recorrerlas, a conocerlas y a dejarte llevar, a sentir que es posible encontrar esa persona que anhelas y sabes que la vas a encontrar en ese momento menos oportuno de tu vida. O tal vez, en el mas oportuno, depende de como lo veas ¿No? Que te diga que te ama y que vos, simplemente vos, con tu existencia le brindas la felicidad más grande jamás conocida, y que sin todo ese amor él no podría seguir con su vida (Dramático, lo se).

¿Pero que sucede cuando conoces a esa persona en esa ciudad que deseas conocer? ¿Que sucede cuando en menos de seis meses esa persona se mete debajo de tu piel, en el centro de tu corazón, en tu alma, en tu ser; para luego tener que decir adiós? ¿Donde queda ese amor? ¿Sobrevive a los kilómetros que divide nuestra presencia física, pero que no divide nuestros sentimientos?

Me pregunto una y otra, y otra vez sin hallar respuesta mientras mis lagrimas se alojan en mis ojos por él, por mí y por la realidad que tendré que vivir cuando ese avión aterrice en Buenos Aires.

Escucho el  llamado en todo el aeropuerto para que aborde mi vuelo, pero siento que mis brazos no son capaces de soltarlo. Quiero quedarme eternamente acurrucada sobre su cuello, sentir su perfume, sus manos alrededor de mi cintura presionando con fuerza y con suavidad. Quiero que este simple instante sea eterno.

-Amor… tenes que irte – dice él con suavidad acariciando mi espalda, quebrando ese momento de ensoñación donde no existía una separación de nuestros cuerpos.

-Lo sé… – digo en un susurro, aún en su cuello, dejando a mis lagrimas en libertad.

-Amor… amor, mírame – dice él separándose centímetros y tomando mi rostro entre sus manos – Es importante que vuelvas, tu hermano te necesita – observo el dolor en sus ojos mientras seca mis lagrimas – Él es importante Rocio… Lo nuestro… – duda – lo nuestro puede esperar. Nosotros podemos esperar.

Te amo. Te amo.

Quería decirlo, quería gritarlo y repetirlo millones de veces; pero aunque el sentimiento y las ganas existían, las palabras no salían, no querían salir de mi boca por que él tenía razón. Mi hermano, mi único hermano, me necesitaba en el momento más duro de su vida y yo tenía que estar ahí para él, como él estuvo para mí.

-Lo sé… Lo sé… – digo apoyando mi frente contra la de él, hundiendo mi mirada en sus ojos verdes, en sus profundos ojos verdes que se encontraban tristemente algo enrojecidos por el llanto compartido. Sin dudarlo, lo beso. Lo beso con ternura, lo beso grabando en mi memoria la suavidad de sus labios, el cosquilleo que su beso provoca en mi cuerpo y sintiendo lo mucho que voy a extrañar aquellos labios.

-Último llamado para abordar el vuelo 120 de AirFrance hacia Buenos Aires… – suena en todo el aeropuerto provocando que nuestros cuerpos se separaren, que mi cuerpo proteste y que mi corazón se quiebre.

Camina y no llores. Camina y no llores.

Me repito como un mantra mientras me aferro a mi bolso de mano con tanta fuerza que mis manos duelen, y observo hacia atrás cada tanto para verlo a él hacerse más pequeño, mas distante.

Con la mirada nublada por las lagrimas que protestan salir, tomo mi asiento junto a la ventanilla y observo por ella el enorme aeropuerto en donde una parte de mi corazón se ha quedado. Donde mi amor, mi vida, mi todo debe estar caminando entre una multitud de viajantes que vienen y van; que lloran como yo llore al partir y que ríen, como yo también lo hice, al llegar.

-Te amo… – digo en un susurro sin despegar la vista de la ventanilla, mientras en mi mente lo imagino con la misma tristeza que siento en este instante.

-Cariño… ¿Te encuentras bien? – escucho decir a mi derecha, girando con brusquedad mi cuello y encontrándome con una señora de unos 48 años con su cabello rubio y corto con grandes rulos, mirándome con preocupación a través de sus gafas negras, con esos enormes ojos celestes como el océano que cruzaríamos, delineados finamente con color negro.

-Este… si, estoy bien – digo buscando en mi bolso la antigua polvera que me había regalado él, para observarme en el espejo.

-Oh, cariño ¿Estas segura? Se nota que has estado llorando – dice sin perder ese tono de preocupación.

Encuentro mi polvera entre todas las pertenencias que había guardado y me observo en el espejo. Realmente entendía la preocupación de mi acompañante, mi rostro estaba deformado de tanto llorar y mis ojos estaban inyectados en sangre. Además, de llevar el cabello en un deformado rodete, dándome un aspecto sumamente desaliñado y que provocaba lástima.

-Descuide… – dije arreglándome mi cabello en un prolijo rodete – Ya me sentiré mejor.

-¿Es por un amor que estas así? – dice con suavidad y ternura.

La observo un instante. Aunque sea una señora mayor, se encontraba arreglada para disuadir su edad. Llevaba una blusa blanca con mangas y un moño suelto en el sector del cuello, junto a unos pantalones de vestir de color negro. Determine que era empresaria por su blackberry en la mano derecha y el llamativo porfolio de piel negro que tenia en su regazo.

-Algo así… – dije volviendo mi atención a mi bolso en busca de unos de los múltiples paquetes de pañuelos descartables que había comprado.

-Este es un largo viaje… y soy muy buena escuchando – dijo apagando su celular y guardándolo en su portafolio.

La observe un instante mientras me secaba las lagrimas.

Realmente necesitaba hablar con alguien. Tal vez una extraña no era la mejor opción, pero por lo menos sabía que ella no podría juzgarme como lo haría e hizo mi madre al enterarse que me enamore de un argentino en pleno París. Además, de que realmente era un largo viaje y sentía que mis lagrimas ya se estaban formando en mis ojos para salir a la superficie; ella se ve amable, o tal vez simplemente tiene lastima de mi triste apariencia.

-Esta bien… – digo después de tener tiempo para pensar claramente esa propuesta, mientras despegábamos – Es una historia larga…

-Es un viaje largo y no suelo dormir – me dice sonriendo.

-Todo comenzó…

• Nos conocimos en el momento adecuado,
ante las expectativas que habíamos creado, 
pero que perdimos.
Tú no estas más que a un par de kilometros de distancia,
y nuestros corazones, nuestros corazones
permanecen en este mar. •

                                   … cuando recibí la espectacular oportunidad de viajar a Francia para realizar un doctorado en Bellas Artes en el museo d’Orsay que se encuentra en París al borde del río La Seine, donde aguarda múltiples obras de los mas reconocidos artistas de corrientes realista, impresionista y postimpresionista, entre esculturas, fotografías y arquitectura.

Era una oportunidad sin igual y la más importante que había recibido desde que me había graduado de Licenciada en Bellas Artes. Sabía que no podía negarme, sabía que ese estilo de suerte no golpea tu puerta todos los días, pero había algo mucho más fuerte que me retenía en Buenos Aires. Mucho más fuerte que el amor que siento por él, mucho más fuerte que la posibilidad de perder mi doctorado y mucho más fuerte que mis sueños.

Mi hermano.

vicorochi

Victorio era la persona por la cual dejaría mis sueños de lado sin dudarlo. Él es mayor que yo por 4 años, pero siempre parecieron más por su proteccionismo y por todo lo que aprendí junto a él. En mis recuerdos de niñez, Vico siempre fue el que me defendía cuando uno de mis compañeros en la escuela no quería devolverme algún juguete, el que me compraba cantidades enormes de chocolate y que comíamos a escondidas de mamá antes de la cena, el que se echaba la culpa cuando yo era la que rompía algún vaso en casa. Él fue quien me enseño a siempre levantarme cuando caía en alguna carrera que realizábamos todos lo niños de la cuadra hacia alguna plaza, me enseño a ser fuerte, a nunca rendirme, a decir siempre si aunque el mundo se empeñe en decir no. 

Él fue el mejor hermano que una niña podría llegar a tener. Con él reí, llore, me ensucie, pelee y discutí por el último trozo de pastel, que por supuesto siempre terminaba ganando.

Siempre fuimos uno. Siempre sabíamos y hasta el día de hoy sigue ocurriendo, lo que le sucede al otro sin mencionar una palabra sobre ello, solo basta una mirada para descubrir lo que ocurre en el alma del otro. Tal vez esa fue la razón por la cual él fue el primero en descubrir la fuerte depresión que sufrí cuando tenia 15 años y nuestros padres se habían divorciado. Había intentado por todos lo medios ocultar la angustia que no me dejaba respirar luego de aquella noticia, ocultaba la comida que no comía, decía que iba a salir con mis amigas cuando en realidad me quedaba en la nueva casa de papá que tenía cerca de la nuestra y la cual siempre estaba vacía por los viajes constantes de él; y dormía, llegaba a pasar un fin de semana entero durmiendo.

Me pasaba los días simulando ser la misma de siempre: la alegre y vivaz Rocío. Pero por dentro sentía que sufría y no podía comprender por que mi padre había sido capaz de separarse de mi madre. Siempre había pensado que ellos tenían esa relación que yo en un futuro quisiera tener. Parecían perfectos, que se completaban el uno al otro y siempre amaba, a diferencia de muchos niños o adolescentes, cuando se desmostaban el amor que sentían abrazándose o besándose como si el tiempo no hubiera pasado y que fuera ayer en que se habían conocido.

Que errada estaba. Las relaciones perfectas no existen y mucho menos los padres perfectos.

Cuando Vico descubrió mi depresión luego de un mes y medio de lucha conmigo misma para ocultar lo que me pasaba, él junto a mi madre hicieron todo lo posible para ayudarme comenzando con psicólogos, medicamentos y hasta acudir a grupos de apoyo, pero nada funcionaba en mí. Sentía que la angustia y el dolor simplemente aumentaba mientras disminuía la pasión por las cosas que amaba, desde hacer deportes hasta salir una tarde con mis amigas.

Mi hermano y mi madre ya no sabían que hacer conmigo, las ideas de como ayudarme iban disminuyendo y yo seguía de la misma forma. Hasta que un día, un sábado muy temprano Vico me despierta muy emocionado por que tenia una sorpresa para mí. Al principio me negué efusiva mente, pero luego de mucha insistencia de parte él y por que sobre todo es mi hermano, acepte y me llevo a Tigre donde se realizaba una muestra de arte a la orilla del río.

-¿Que hacemos acá? – le pregunte sin comprender como ese paseo podría ser una agradable sorpresa.

-Vamos a pasar el día acá – dijo con tranquilidad mientras miraba las distintas obras que yo desconocía.

-¿Mirando obras? – pregunte sin comprender.

-No, no solamente eso… Ahora son las muestras, pero después hay charlas sobre los distintos movimientos artísticos y hasta hay clases. Pensé que te gustaría – dijo Vico mirándome y con una sonrisa plena.

-¿Podemos volver a casa? – pregunte con malestar cruzando mis brazos.

-No Rosita – dijo él abrazándome sobre mis hombros y obligándome a caminar – Vamos a concurrir a algunas charlas y después vamos a pintar un cuadro. Dale una oportunidad a mi idea.

Aún sonrió cuando recuerdo ese día. Al principio fui algo resistente a su idea de ver cuadros o hasta de pintar, pero de cierta forma, a medida que pasaba el día algo en mi comenzó a despertarse. No sucedió que la depresión que sentía desapareció en ese instante, pero fue un comienzo. Fue un hermoso comienzo donde encontré el amor que tenía por el arte, por expresar mis sentimientos a través de cuadros que al  principio regalaba y que luego comencé a vender.

La depresión junto al dolor y la ira se fue luego de un año de terapia y de aprender a expresar lo que me sucede con palabras y no solo con pintura. Siempre le agradeci a Victorio que me llevara un poco a la fuerza a ese evento aunque en aquel momento no supiera el cambio que provocaría en mi y en toda mi vida.

-No puedo ir a París – le dije esa tarde de abril a Vico mientras él terminaba de acomodar los distintos planos que tenía sobre su mesa de trabajo.

-¿Vos estas loca? Como no vas a ir… – dijo distraído.

-Es por vos… – dije casi en un susurro y él me miro sorprendido.

torre

-Ro, todo va a estar bien, no me va a pasar nada en estos seis meses que te vayas.

-Pero quiero estar con vos…

-No, Rosita no… – dijo preocupado mientras se acercaba a mi para abrazarme – Vos tenes que ir, yo voy a estar bien. Esta mamá, esta Cande y ambas me van acompañar cuando tenga que hacer el tratamiento.

El tratamiento.

Me estremecí sobre su pecho al escuchar esas palabras. El solo pensar que algo le podría pasar en mi ausencia me hacia sentir enferma.

-No puedo Vico, te juro que no puedo… – dije cerrando los ojos mientras sentía los latidos de su corazón.

-¡Rocio! – dijo riendo y sacudiendome un poco por mis hombros – Vas a ir a ese viaje, quieras o no, vas a ir. Te lo mereces y quiero que esa obsesión por Francia se termine cuando vuelvas de ahí ¿Entendiste?

Simplemente sonreía. Sabía que con lo terco que era iba a ser imposible hacerlo cambiar de opinión.

-¡No estoy obsesionada! – dije empujándolo un poco.

-¡Que cara dura! Desde que te hice el dibujo de la Torre Eiffel cuando tenias 10 años, que lo estas.

-Y bueno, es hermosa la torre y es la ciudad del amor…

-Para vos es la ciudad de las luces, nada de amor ¿Entendiste? – no pude evitar reír por lo alto.

-¿No te gustaría tener de cuñado un francés? – dije riendo de forma descarada.

-Para nada – dijo serio y negando con la cabeza – Es muy factible que te lastime y va ser difícil cagarlo a piñas.

Puse los ojos en blanco. Mi hermano el guardabosques.

Luego de un mes y dos semanas de muchas discusiones con él, mi mamá y la novia de Vico, Candela sobre mi partida hacia el viejo continente, me encontraba en el aeropuerto de Ezeiza con mi equipaje ya despachado y fuertemente abrazada de mi hermano. Sentía que no debía irme, que él me necesitaba por más que dijera que todo iba a salir bien. Yo tenía que estar aquí para él, no en una ciudad apasionante y que amo desde niña, rodeada de el arte que me enloquece. Me sentía egoísta. Él siempre estuvo para mí, no podía dejarlo.

-Te prometo que voy a estar acá esperándote cuando vuelvas – dijo despacio en mi oído, como si hubiera leído mis pensamientos.

-Te voy a extrañar – dije cuando me soltó mientras sentía que las fuerzas que hice por no llorar, se iban perdiendo – Los voy a extrañar – mire a mamá y a Candela que se encontraban tan emocionadas como yo.

-Tenes que disfrutar mi amor… – dijo mamá secándome una lagrima.

-Vamos hablar todos los días ¿Si? – dije mirando uno a uno y deteniéndome en Vico – Quiero saber todo lo del tratamiento ¿Entendiste?

-Si Rosita, te lo prometí doscientas veces – dijo él abrazando a mamá, antes que se quiebre en llanto.

Los observe a los dos por un instante. Aunque esa imagen la había visto millones de veces durante mis 25 años de existencia, aun me seguía pareciendo maravillosa. Podía notar las similitudes que tenía Vico con mamá, la forma de sus ojos y los labios, definitivamente fueron lo que él heredo de ella, dejando el resto a mi padre. Un padre que a veces resultaba difícil recordar cuando solamente se contactaba por mail’s o mensajes de texto por sus constantes viajes. No había sido el padre perfecto durante mi adolescencia y mucho menos durante esta vida adulta que yo comenzaba a llevar. Pero tampoco lo culpaba, mi mamá siempre decía que a veces nos volvemos egoístas al tratar de buscar la felicidad propia. De esa forma me sentí al sentarme en mi asiento de avión.

Finalizada las 14 horas de viaje con escala en Madrid hacia Francia, me encontré en el enorme aeropuerto de París: Charles de Gaulle, rodeada de personas que hablaban en distintos idiomas, francés, italiano, ingles entre otros; hasta encontrarme a una mujer que no superaba mi edad, con un cartel que presentaba en letras grandes y negras mi nombre.

Algo aturdida por mi entorno y mi equipaje, me acerco a ella observándola; su cabello era lacio y rubio, le llegaba hasta los hombros, y vestía un short de jean junto a una blusa blanca de cuello bote cerrado con pequeñas estrellas dispensas al azar, y un blazer de color azul eléctrico.

A los pocos metros de distancia, ella me sonrió y yo me sentí sumamente desubicada al estar tan desaliñada.

¡Bonjour, bienvenue en France! ¡Hola, bienvenida a Francia! – dijo en su perfecto francés natal, la exageradamente hermosa mujer que se encontraba esperándome con una sonrisa plena.

Luego de darme dos besos, uno en cada mejilla, le dije:

Merci. Gracias. Yo no hablo muy bien francés.

-Oh, tu no te… preocupes – dijo en un extraño español – Tu aprenderás mejor el francés y yo el español. ¡Tu te quedas en mi casa! – dijo emocionada con un brillo en sus ojos verdes tomando uno de mis dos valijas.

-¿Como te llamas? – le pregunto mientras comenzamos el camino hacia la salida del aeropuerto.

Je m’appelle Eugénie, et vous? Yo me llamo Eugénie, y ¿vos?

-Rocio – digo sonriendo.

-Rocio… nombre muy lindo – dijo sonriendo – Conocer mi casa, espero te agrade. Vas a estar… arriba et moi… de yo. Es… es aparte. ¿Comprende?

Simplemente asentí y continuamos el camino hacia el auto de Eugénie en silencio e intentando no chocar a ningunas de las personas que se encontraban en el aeropuerto, con mis valijas. Al llegar a la salida de ese enorme lugar, el día era totalmente primaveral, el cielo se encontraba completamente despejado y podía observar a los lejos la ciudad de París esperándome a kilómetros de distancia.

Buscando con la mirada a Eugénie, la encuentro abriendo el maletero de su auto Fiat 500 de color rojo brillante. Quedando atónita por el coche, me acerco a ella para ayudarla a guardar mi equipaje.

-¿Este es tu auto? – le pregunto con sorpresa al cerrar el maletero.

Oh, oui… Oh, si… Trabajo de… modelo – dijo lentamente sonriendo. Comenzamos el trayecto de media hora hacia el centro de París, durante el breve viaje conversamos animadamente intercalando el idioma francés con el español.

Eugénie tenia 26 años y había comenzado su carrera de modelo desde los 16 en su ciudad natal, Lyon, una de las mas importantes de Francia que queda a 500 Km de la capital. Luego de muchos viajes a París, consigue un contrato con Seventeen Francia durante un año, para luego trabajar en Vogue y Elle. Ella no se consideraba famosa, ya que, según ella, en una revista siempre las famosas acaparaban la atención del lector. Aunque disfrutaba modelar en distintos atuendo y locaciones, decía que era una profesión a corto plazo ya que su deseo, su sueño, era llegar a ser editora de alguna de esas revistas; por eso se encontraba estudiando Licenciatura en Letras y varios idiomas. Este año había decidido optar por el español, por esa razón se había postulado para recibir a un extranjero latino en su casa.

Desde el primer instante en que deje de lado mi nerviosismo al descubrir que esa perfecta francesa de precioso rostro con ojos verdes, era simpática y vivaz, con una alegría que contagiaba, me convencí que seriamos amigas.

¡Bienvenue à Paris! ¡Bienvenida a París! – dijo sonriendo cuando comenzamos a dejar atrás el verde del campo y nos adentramos a la autopista que nos llevaba al centro de la ciudad. El paisaje era maravilloso, podías observar claramente el pasaje del diseño de las casas modernas y actuales que se encontraban mas afuera de la ciudad, hacia las míticas construcciones de la vieja París. Luego de mirar maravillada el Lac Daumesnil, pasamos sobre la central de la estación de trenes para bordear el río La Seine que se presentaba algunas embarcaciones.

welparis

Durante todo el trayecto hacia la casa de Eugénie me encontraba pegada a la ventanilla de su automóvil observando sin creerlo, lo hermosa y real que era París. La felicidad de encontrarme en esa ciudad, exploto en mi pecho, en mi corazón provocando que se me empañaran los ojos varias veces. Lo había logrado, había cumplido ese sueño de mi niñez con tan solo observar esa preciosa ciudad que muchas veces había considerado inalcanzable.

-Estamos aquí – dijo Eugenia emocionada mientras estacionaba su auto.

-O por Dios… – Dije completamente idiotizada al observar en casi todo su esplendor a la Torre Eiffel – ¿En serio vivís acá?

-Si – dijo – ¿No te agrada? – preguntó preocupada.

-¿Que no me…? – no podía apartar la vista de ese anhelo. Negué con la cabeza – Es perfecto – le dije sonriendo.

Ambas salimos con una sonrisa plena en el rosto del auto. Por un instante antes de ayudar a Eugénie con mi equipaje, observe el final de la calle donde se encontraba gran parte la Torre Eiffel. Es real, estoy aquí. Me dije a mi misma aun sin comprender con exactitud lo que me encontraba viviendo.

Tome una de mis maletas y seguí a Eugénie que la observe detenerse en una puerta de dos cuerpos de vidrio y hierro. Ella vivía en uno de esos míticos departamentos europeos de varios pisos que son ventana tras ventana con pequeños balcones que daban a la calle.

-Tu vives arriba – dice Eugénie luego de adentrarnos al ascensor hacia el tercer piso – Yo abajo. ¿Ok?

-Si, si – dije con entusiasmo al observar la puerta de color blanco en la cual ella se había detenido y que tenia el número 42.

Eugénie abrió la puerta y me dejo paso pasa que entrara en el departamento que seria mi hogar durante los próximos seis meses. Las ventanas que daban directo a calle se encontraban abiertas lo que hacia la escena mucho más perfecta de lo que era; la paredes eran de color arena claro, a pocos paso de la puerta estaba el sector de living con un sillón estilo Luis XV de color blanco con dos almohadas de color arena oscuro y un bordado de flores. Enfrente, se encontraba una mesa ratona con sus platas de metal color blanca con un diseño romántico y una base de madera de color beige claro, y sobre la pared había un LCD. Unos paso más adelante y junto a uno de los ventanales, se encontraba el sector del comedor con una mesa redonda de color manteca y sillas del mismo tono, a la derecha se podía observar la cocina con estantes y puertas desde el suelo hasta el piso de madera de un tono más claro que el de las paredes, con superficie de mármol en color blanco, y en el centro una mesa isla con dos pequeñas banquetas que daban hacia el ventanal que daba a la calle. A la izquierda de la puerta de entrada y cercano a la mesa de almuerzo/cena, una puerta de dos cuerpos, daba paso a una habitación encontrándote primeramente con una cama de dos plazas con un respaldo estilo victoriano de color arena claro con un cubre cama de color blanco y almohadones del mismo tono, pero con pequeños dibujos de color rosado. Las paredes eran de un color rosa grisáceo que combinada con el espero con borde victoriano de color gris que se encontraba a la izquierda. A la derecha de la entrada a la habitación, se hallaba un enorme armario de tres cuerpos del mismo estilo y color que los demás. El cuarto presentaba un baño en suite prevaleciendo los mismos tonos de la habitación.

Recorro cada una de las habitaciones para finalizar en mi habitación observando desde uno de los ventanales que predominaban en toda la casa, la pequeña parte de la Torre Eiffel.

Suspirando, siento la calidez del sol golpeando en mi rostro y el leve aroma a flores que provenía desde la calle.

-Esto es perfecto… – dije en un susurro.

-Emm… ¿Rocio? – me pregunta Eugénie, haciéndome recordar su presencia.

Excuses, qui se passe? Disculpa, ¿que pasa? – le pregunte tomando la valija que había dejado en el centro de la habitación.

Demain, je voudrais sortir? Il ya un bar à proximité et je voudrais présenter quelques amis Mañana te gustaría salir? Hay un bar cerca y me gustaría presentarte algunos amigos – dijo emocionada.

-No se… – conteste sintiéndome un poco aturdida.

El viaje en avión que duro 14 horas, el trayecto desde el aeropuerto con una demasiado bella francesa y el hecho de que mi departamento tenga una pequeña, pero demasiado perfecta vista a la torre que por años quise conocer; era algo muy difícil de asimilar en horas o tal vez días, para luego conocer a los amigos de Eugénie, que seguramente serian tan interesantes como ella.

-Por favor, prometo que te gustar – dijo sonriendo plenamente y uniendo sus manos en un ruego, haciéndome sentir culpable.

-Esta bien, esta bien – respondí preguntándome si seria buena idea.

-Estoy contenta por eso… – dijo ella sudando por sus perfectos poros felicidad – Oh, antes de olvidar – pensativa saco de uno de los bolsillos de su blazer un par de llaves con un llavero de corazón en color azul, debe ser su color favorito, pensé – Puerta de entrada – señalo una de las llaves – y de tu piso. No las… pier.. ¿perder? – me pregunto con su extraño español.

-Perder, no las voy a perder. Te lo prometo – conteste tomando el llavero junto a las llaves.

Luego de que Eugénie me de todas las indicaciones de como abrir y cerrar los múltiples ventanales de mi departamento, que tenían una técnica algo especial por los años que tenia el edificio, y de mostrarme la cocina y cada uno de los electrodomésticos de la habitación, y de donde se encontraba el sector de lavado; se despidió diciéndome que ella se encontraba en el piso de arriba en el departamento 48 y cualquier cosa que necesitara me comunicara al extenso número de su celular que me dejo.

Encontrándome nuevamente en mi habitación, pero completamente sola, comencé a desempacar las dos amplias valijas y haciendo propia la habitación colocando múltiples fotografías en marcos blancos que traje desde Buenos Aires. En la mayoría estaba con Vico y con mamá, algunas de ellas eran de cuando eramos niños, en otras, estaban mis amigas de la facultad y de la vida.

¿Como estará Vico? me pregunte observando la fotografía que nos tomamos los tres en las vacaciones de verano en Pinamar. Dejándola en su lugar, tome de mi bolso de mano mi celular y llame al número de Vico.

Al cuarto timbre, contesto:

-¡Rosita! ¿Como estuvo el viaje? ¿Llegaste bien? ¿Hace mucho…

-Para, para… no me bombardees con preguntas – dije riendo. Aún me resultaba difícil asimilar lo que había vivido en un día.

-Si, tenes razón… ¡Pero contéstame lo que te pregunte!

-Esta bien, esta bien… El viaje estuvo tranquilo, lei algo, escuche música y dormí bastante. No viajaba mucha gente, así que me senté sola. Y si, llegue muy bien… ¡No sabes lo que es este lugar! ¡¡No sabes lo que es mi compañera de edificio!! ¡¡¡Y tampoco sabes lo genial que es mi departamento!!! Vas a morir de amor cuando mañana te envié algunas fotos sin falta…

-Me alegro de escucharte tan emocionada. Ya quiero ver esas fotos, Rosita.

-¿Vos como estas? – le pregunte sintiéndome igual de culpable al momento en que me despedí de él en el aeropuerto.

-Estoy muy bien, en serio te lo digo. Hasta creo que ni es necesario el tratamiento.

-Vico… – dije en un tono de advertencia.

-¿Que? Así me siento. Estoy muy bien, deja de preocuparte.

-Es imposible que no me preocupe y lo sabes.

-Ya se, ya se… pero hablemos mejor de como fue tu primer día en París.

Había amanecido un soleado sábado primaveral y yo me encontraba con las energías renovadas para recorrer esa ciudad. rosita

Al final de desayunar y de vestirme con una pollera larga de diseños florales, y una camisa musculosa de color coral que hacia juego, junto a mis zapatos base de color beige. Me deje el cabello suelto y con hondas en las puntas. Intente que mi look no resulte tan extranjero, aunque estaba segura que la actitud de fotografiar y observar todo mi alrededor con sorpresa, iba a ser un gran detonante de lo que quería ocultar.

Tomando mi bolso negro y guardando mi cámara, celular y llaves; me dirige a la puerta de salida encontrándome al salir a la calle, a mi torre preferida. Sin pensarlo, comencé a caminar hacia ella tomando durante mi camino distintas fotos. Resultaba precioso observar como sobresalía entre edificios esa escultura con un fondo completamente celeste.

Mi corazón palpitaba con emoción por cada toma que hacia, por cada paso que daba. Mi alrededor ya no importaba, eramos ella y yo. Nuestro encuentro, iba a ser perfecto. El día lo anunciaba así.

Ouch. ¿Que mierda?

De un momento a otro, pierdo de visión mi destino junto a mi eje, y siento que duele. Alguien habla, habla constantemente, pero no entiendo su francés apresurado y arrebatado. Es una lengua desconocida para mi.

-Désolé, vous n’avez pas vu … êtes-vous d’accord? besoin d’aide?

Y habla, habla y no entiendo. Tampoco lo veo por que se encuentra a mi izquierda agarrando con fuerza mi cintura, provocando que termine en una extraña posición casi horizontal. Hasta que me libero de su agarre y me alejo unos pasos de ese desconocido.

-Désolé, vous n’avez pas vu … êtes-vous d’accord? besoin d’aide?

Vuelve a repetir e intento entender que dice, pero resulta difícil cuando la magnitud de la belleza de ese chico, me choca de golpe resultando más aturdidora que la anterior.

¿Que tienen estos francés en los genes? Primero Eugénie y ahora este rubio… pienso riendo para mis adentros al observar con un, para nada simulado detenimiento los ojos verdes que me miran con profundidad. Su rostro es hermoso aunque tiene el entrecejo algo fruncido, y mantiene su mandíbula algo apretada con frustración. Pero eso no le quita la perfección de sus rasgos bien delineados. Su cabello es tan corto que debe provocar cosquillas al tocarlo, y es rubio, tan rubio que parece que le robo un rayo al sol. Su cuerpo… su cuerpo parece tan tonificado bajo esa remera negra…

-Êtes-vous d’accord? Besoin d’aide? – me mira con preocupación al preguntarme por millonésima vez si estoy bien y si necesito ayuda.

Debe pensar que estoy media loca… me digo a mi misma al darme cuenta que, desde que descubrí que semejante belleza francesa me choco por accidente, no he dicho una maldita palabra.

Ouais, je vais bien. Si, estoy bien. – logro decir en un patético francés.

Él me mira sin entenderme mucho, ni yo entiendo lo que digo.

Sin mediar palabra, me da una última mirada y, aún con el entrecejo fruncido, se da media vuelta y comienza a caminar en mi misma dirección, hacia la Torre Eiffel. Saco de mi bolso el I-pod y me coloco lo auriculares para, de cierta forma, seguirlo.

Manteniendo una distancia prudente, lo observo de manera distraída mientras avanza por la vereda, notando el cuerpo atlético que se esconde bajo la remera que marca sus hombros y los entrenados omóplatos; sigo el camino de su espalda desde el centro de su espina dorsal hasta encontrarme a mi misma mordiéndome el labio al observar el interesante y entrenado trasero de ese rubio, mientras se concentra el calor en mi cuello.

Desviando mi mirada y concentrándome en mi cámara, sigo el resto del camino por esa vereda sin mirarlo. Una mirada más y voy arder en pleno París. Me dejo llevar por la música que hasta el momento era un ruido distante y comienzo a calmar a mi nervioso corazón, además de mi cuerpo. Luego de unos pasos, el atractivo extraño, se convierte en alguien indiferente para mí al obtener fotografías de los pequeños cafés y los locales de panadería, flores, o frutas que se presentan cuadra por cuadra que representan a la vieja París y que resultan preciosos en las imágenes.

Sintiendo como la emoción se reanuda en mi corazón por la última cuadra que falta para llegar a mi destino y sintiéndome aireada por la suave brisa de verano que despeina mi cabello, y que trae junto a ella el aroma del verde parque con el que me encontrare en uno cuantos pasos. Mi atractivo extraño desapareció y muy pocas personas circulan por las veredas, así que comienzo a cantar bajito una de mis canciones favoritas de Manu Chao:

Si me das a elegir
Entre tú y mis ideas
aunque yo sin ellas
Soy un hombre perdido

Si me das a elegir
me quedo contigo

Porque me he enamorado
Y te quiero y te quiero
solo deseo
Estar a tu lado
Soñar con tus ojos
Besarte los labios

Mientras canto y comienzo a cruzar la última calle que me acerca a mi destino, giro mi mirada hacia la izquierda y mi atractivo extraño se encuentra parado junto a varias personas mirándome fijamente y con una sonrisa descarada. ¿Me escucho cantar? pienso repentinamente intentando recordar de que tono era mi voz ¿Cante fuerte? ¿Despacio? ¡No estas en Argentina, Rocio! Me maldigo a mi misma por el patético ridículo que logre en menos de dos horas y apresuro el paso sintiendo como la vergüenza va subiendo poco a poco hacia mi rostro.

Con la mirada nublada de la frustración y el pensamiento perdido, me doy cuenta que llegue a la Torre Eiffel; poco a poco la emoción se hace presente y lo vivido hacia unos minutos, parece lejano, olvidado…

Bonjour, comment vas-tu? Hola, ¿Como estas? – me pregunta Eugénie mientras ingresaba a mi departamento para dirigirnos al bar que lL a noche anterior, había comentado.

-Muy bien, algo nerviosa por conocer a tus amigos – digo observando el corto vestido negro que lleva y hace lucir sus kilométricas piernas.

-Oh, no te preocupes. Son muy buenos – dijo Eugénie con una sonrisa completa, dándome un poco de seguridad – ¿Tu ya estas?

-Si, si… Vamos.

Con esa respuesta, salimos de mi departamento hacia la calle mientras le contaba a Eugénie sobre mi día.

Había pasado gran parte de la tarde en la Torre Eiffel sacando fotografías y disfrutando del clima soleado y cálido. También recorrí las zonas aledañas y disfrute de un café, en una pequeña cafetería cercana a mi departamento con la típica y atrayente decoración francesa: mesas pequeñas a las afueras de míticos bares donde el aroma a café y pan recién horneado, se mezcla con las personas y el perfecto idioma.

La caminata rodeando el río La Seine mientras observaba las distintas embarcaciones perderse por el infinito que divide el cielo y la tierra, fue el final perfecto para mi día. El atardecer le daba a la ciudad ese color tan característico y que siempre quise vivir por mi misma, fue una de los miles de retratos que le envíe a Vico y a mi madre en un extenso mail de casi diez mil palabras. Quería que ellos vivieran toda esta experiencia desde mi propia piel y que se imaginaran cada una de las edificaciones desde mis propios ojos.

parisbarLuego de conducir con Eugénie hacia el bar que quedaba a 20 minutos de nuestro edificio hacia el barrio Montmartre; conocido por ser uno de los más antiguos de la ciudad y por la calidad, y diversidad, que presenta para la vida nocturna. Estacionamos cerca de una de las pequeñas calles para comenzar a caminar hacia el bar, ya que, en algunas zonas de París los autos tienen prohibida la circulación por ser demasiado angostas, teniendo los turistas y ciudadanos, hacer propia las pequeñas calles.

Al adentrarme con Eugénie a la multitud que caminaba y sacaba fotografías, comencé a observar maravillada a la famosa ciudad de las luces. Eran bares tras bares, con sus pequeñas mesitas invadiendo la entrada y fachada del lugar, que se encontraban arrebatadas de personas bebiendo, riendo y disfrutando de la primavera francesa; y cada uno de ellos, se presentaban iluminados con ese color ámbar y rojo, rememorando la antigüedad de la ciudad y la historia de los cabaret, y lujuria que una vez aguardo.

Observando con diversión aquella escena que se me regalaba, tome algunas fotografías con velocidad y seguí a Eugénie hacia el bar llamado Vincennes. Al entrar, el lugar estaba congestionado de personas, la mayoría hablaba en francés y otros en ingles. Lo poco que pude observar del interior, fue su decoración sobria y clásica con distintos cuadros de la antigua París en acuarelas brillantes o ámbar, además, había candelabros de color claro que provocaba la calidez del lugar, junto a los diseños de las mesas y sillas que parecían tan viejas como la ciudad.

Eugénie me guío hasta la mitad del bar, donde la barra se encontraba cerca y me encontré al llegar a destino con 6 personas que variaban en edad, estilo y personalidad.

¡Elle est Rocio! ¡Ella es Rocio! – dijo emocionada con una sonrisa plena ante esos desconocidos mientras me sonreía mostrando cada uno de sus dientes blancos.

Luego me presento individualmente a cada uno de sus amigos que me observaban con la misma emoción que ella y con intriga e entusiasmo por conocerme. Primero Eugénie me señalo a un hombre más alto que yo, con ojos cafés y una sonrisa traviesa que me puso nerviosa; me dijo que se llamaba Peter y que era de Estado Unidos, pero se encontraba en Francia para aprender el idioma. Después me presento a Mariane, una de las mejores amigas de Eugénie que era modelo como ella, aunque se dedicaba a la gráfica por su metro sesenta y cinco, que sabía disimular por su fuerte carácter e ímpetu, además de su simpatía. Otra de sus compañeros modelo, era Marie. Rubia como Eugénie, también con una belleza envidiable y con las mismas piernas kilométricas. Luego estaban los amigos fotógrafos del grupo, que eran Paul, Benjamín y Gastón. Todos ellos franceses y con esa exquisita forma nativa de hablar el idioma.

Me encontraba emocionada hablando poco a poco con Marie y Mariane que me preguntaban por que había viajado a Francia, como era Argentina, que similitudes y diferencias había con las costumbres, etc. Me resultaba difícil entender por momentos un francés tan distinto al que estudie; el acento era sumamente cerrado y a veces las palabras se encontraban tan unidas que no comprendía realmente lo que querían decirme o preguntarme. A veces, teníamos que hablar lentamente pronunciando palabra por palabra, lo que resultaba aún más difícil si en la conversación se incorporaba Peter, que tenía un francés mas extraño que el mio. Por suerte, Eugénie actuaba de interventora entre mi español y el resto de sus amigos.

-Eugénie ¿Donde esta el baño? – le pregunto luego de varios tragos, conversaciones, bromas y risas de parte del numeroso grupo que eramos.

-Oh, te acompaño… No quiero… Je ne veux pas manquer No quiero que te pierdas.

Dicho eso, comenzamos el trayecto hacia los baños que se encontraban al fondo, luego de pasar la barra.

-Rubia, a vos rubia.

Siento que dicen a mi derecha en un extraño pero familiar acento argentino en un bar completo de franceses. Me giro hacia el sonido de esa voz mientras Eugénie me mira sin entender que estoy haciendo. Mientras busco entre todas las personas que se interponen entre yo y la barra, lo veo.

Es el atractivo extraño. Y me sonríe descaradamente como si hubiera descubierto el mayor de mis secretos.

-Yo sabía que una chica tan linda como vos tenía que se argentina – me dice mirándome fijamente y siento que el calor se apodera de mis mejillas.

¿Es posible que se encuentre más lindo que hoy a la tarde?

-Vamos, Ro – me dice Eugénie mirando con el entrecejo fruncido al barman.

-Eugénie ¿Como esta tu español? – le pregunta él observándola.

-Bien Nocolas…

-Es Nicolás – dice él volviendo su mirada hacia mi – ¿Como te llamas amiga de Eugénie?

Qui n’a pas intérêt. Eso no te interesa. – dice Eugénie con molestia – Elle est bonne, ne veulent pas lui faire du mal. Ella es buena, no quiero que la lastimes.

Con fuerza, Eugénie agarra mi mano y terminamos de realizar los últimos pasos hasta el baño de damas. Sin entender esa extraña conversación, espero de ella una respuesta a semejante escena.

Tal vez fueron novios.

-Él, no es bueno Rocio – me dice suspirando – Intento explicar… Él, sale, sexo con mujeres. Siempre. Pero no francesas, extranjeras. Como tú.

-¿Hizo lo mismo con tu otra compañera de intercambio? – le pregunto a una preocupada Eugénie.

-Si, eso.

-¿Que paso? – digo antes de que ella pueda continuar de hablar.

Aunque en el resto del día no pensé en Nicolás, el simple hecho de encontrármelo y que se acordara de mí, además, de cierta forma que sea conocido de Eugénie, me provocaba más curiosidad de la pensé que ese atractivo chico pudiera. De esa forma, me encontré preguntando todo lo que ella supiera sobre él.

Nicolás vivía en París desde hacia tres años. Nadie sabe la razón por la cual decidió viajar al viejo continente, algunos suponen que tal vez era su sueño, o simplemente razones económicas; y aunque uno le preguntara cientos de veces cual había sido la causa de su partida, él decía que la vida son etapas y a veces, es una etapa de cambio. Nicolás resultaba ser un enigma, su pasado era algo incierto, él nunca hablaba de el y tampoco era visitado por familiares, por lo cual, algunos pensaron que era huérfano y que por eso decidió irse del lugar al que una vez llamo hogar. Pero lo cierto, es que nadie sabe de su vida, de que hacia en Argentina y tampoco en que parte del país vivía.

Rocio no comprendía por que resultaba peligroso un hombre que simplemente, que tal vez quería olvidar algo de su pasado o hasta luchar contra sus demonios; y ella sabía por experiencia lo que era luchar contra esos demonios que siempre intentar ganar la pulseada.

Hasta que Eugénie se puso dramática y Rocio comprendió por que el proteccionismo de parte de ella, al recordar lo que vivió su anterior compañera de intercambio que provenía de Estados Unidos para aprender el idioma durante 8 meses, además de ayudar a su padre a ingresar la empresa familiar, al mercado europeo. Ella se llamaba Hilary y era la típica estadounidense, era rubia con su cabello largo y lacio que le llegaba hasta la cintura, con enormes ojos de color verde y un rostro con marcados pómulos, labios carnosos, y piel suave y tersa.

Solía correr todas las mañanas para realizar una actividad física que la desconecte del trabajo que su padre le había encomendado, rodeando el ría La Siene. Hasta que una de esas tardes, un atractivo rubio que diariamente compartía el mismo recorrido con ella, comienza a hablarle preguntándole de donde era y a que se dedicaba. En un comienzo, Hilary se mostró desconfiada y algo distinta con ese desconocido, pero el chico desplegó todos sus encantos hacia ella logrando que riera como hacia tiempo ella no lo hacia.

A partir de ese momento, comenzó la pequeña historia de amor que Hilary siempre recordaría. No solo por suceder en París, sino por el dolor que sufrió durante los meses siguientes, luego de que su estadía en Francia terminara.

-¿Pero que paso? – pregunte – ¿Por que dejo que se fuera?

-No se. Ella no sabe. No contesto mail’s, no llamo. Nada él.

Ese chico es un idiota. Me digo a misma, mientras lo observo desde mi mesa atender y servir los distintos pedidos que los clientes le realizan, encontrándome por momentos con su mirada, con su profunda mirada verde y una pequeña sonrisa descarada, que provoca estragos en mi corazón.

Le echo una última mirada a Nicolás y me concentro en seguir con la conversación que se da mi alrededor, sintiendo en mi piel, como una mirada penetrante sigue todos mis movimientos, gestos y articulaciones. Siento su  mirada tan fuertemente clavada en mi piel, que por momentos me pierdo en la conversación y tengo que luchar conmigo misma para no mirarlo de la misma forma en que siento que lo hace.

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