Tres sesenta

Nicolás mira a su alrededor por un momento sin entender que diablos ha pasado con su vida. Es viernes por la noche y en vez de estar en algún bar de la ciudad, rodeado de mujeres, se encuentra recostado en su cama de dos plazas intentando concentrarse en una nueva serie que hacia tiempo quería mirar: Son Of Anarchy. Pero no hay caso, ya paso el quinto capítulo y su mente sigue vagando dejándolo completamente desconcertado sobre la trama que se proyecta en su televisor.

Suspirando pesadamente, apaga el televisor y se levanta de un salto de su cama para dirigirse a la cocina llevando en la mano derecha el celular, que durante los últimos tres o cuatro días se convirtió en una extensión de su mano, literalmente. Él alegaba que se trataba de trabajo intentando auto convencerse, pero sabía perfectamente que se trataba de una razón completamente distinta.

Desde el último encuentro que había tenido con Rocío, y con las miles de veces que había hablado con Gastón sobre el tema, sintió la seguridad de tomar el primer paso para comenzar a conocerla. Aunque las dudas sobre la relación que ella mantenía con Coco, seguían latentes, a la llegada de Victorio a Buenos Aires, y el primer encuentro luego de días, supo que era el momento de pedirle el número de ella.

– ¿Para que lo queres? – le pregunto su mejor amigo con mas dudas que certezas, mientras almorzaban en Milano.

– Vico, no seas ortiba que Nico no va a boludear con tu cuñada – se interpuso Gastón antes que Nicolás pueda abrir la boca.

Victorio lo miro a uno y luego al otro, analizo la situación un momento, pero no hizo ninguna pregunta, solamente dijo:

– Mira Nicolás, es mi cuñada, si te mandas una cagada anda preparándote para la piña que te voy a dar – luego saco su celular como si pesara una tonelada y le dijo entre diente – Agendalo antes que me arrepienta.

A partir de ese almuerzo su vida dio un vuelvo de 360 grados, y no por el hecho de que le haya enviado un mensaje, sino porque no lo hizo. No sabía que decir si era capaz de llamarla y mucho menos que escribir si le iba a mandar un mensaje de texto ¿O cual de las dos cosas era conveniente? ¿Y si llamaba a una hora incorrecta y la molestaba? ¿O si le enviaba un mensaje texto y a ella eso le parecía un poco banal por parte de él? Rocio era tan impredecible para Nicolás que estaba aterrado con las ideas que podrían llegar a salir de esa cabeza, si realizaba una cosa o la otra. Por lo cual decidió no hacer nada, hasta que vuelva esa seguridad que había adquirido cuando le pidió el número de ella a Victorio.

Con el celular apoyando en la mesa isla de granito, lo miro fijamente mientras bebía agua mineral. Miro la hora y noto que solamente eran las 10:15 de la noche, y fijo nuevamente la vista en el aparato sintiéndose frustrado e inútil.

¿Que estaba pasando con él? ¿Donde había quedado el hombre seguro de si mismo y que siempre sabía salirse con la suya? ¿Donde las mujeres lo llamaban a él y no al revés? Ya no era un adolescente y se sentía como uno, y uno muy estúpido. Además de cobarde.

Dejo de forma brusca el baso sobre la mesa con la vista clavada sobre su celular, sopesando las ideas, hasta que esté comenzó a sonar. Nicolás quedo por un momento consternado y las preguntas se les agruparon en la cabeza al notar que era un número privado.

¿Y si es Rocio? ¿Vico le dijo que yo pedí su número? Él muy bastardo, seguro se lo dijo y ahora ella me llama para joderme con eso.

Con la respiración retenida, contesta intentando sonar desinteresado:

– ¿Hola?

Nadie responde. Observa su celular un momento pensando que se corto, pero la llamada sigue su curso. Eso lo pone mas nervioso, su respiración cambia y se vuelve rítmica.

– ¿Hola? – vuelve a repetir subiendo el tono y con mayor frustración. Espera un segundos, dos y tres, y piensa: Este es Vico que me esta jodiendo – Vico si llegas a ser vos, te juro que…

– No soy Victorio – responden del otro lado de la linea y siente que esa voz tan conocida, y sin olvidar, le penetra en el cráneo como un misil.

Su cuerpo se paraliza, sus sentidos se apagan y su cerebro no conecta las ideas para emitir una palabra. No, no, no, no puede ser ella. No puede ser ella. Piensa constantemente como si fuera un mantra, como si con eso ella desapareciera. Pero sucede todo lo contrario:

-¿Nico? – dice su nombre como si nunca se hubiera ido de su vida, como si nunca hubiera desaparecido, con esa voz tan característica que demuestra dulzura y la fortaleza de su carácter.

Nicolás cierra sus ojos y se apoya con sus codos en la mesa isla que retiene casi todo su peso, mientras siente internamente como ese viejo dolor despierta lentamente luego de estar un tiempo dormido mientras se distraía con Rocio y esa forma de ser tan impredecible en su vida.

– ¿Que queres? – le pregunta con rudeza.

– Solo… solo quería saber si cuando vuelva a la Argentina dentro de unos meses ¿Me aceptarías un café? – lo dice despacio, tan lento y con calma logrando que Nicolás se sienta envuelto en sus palabras, en esa voz y que su mente viaje a esa pasado cuando eran felices, cuando existían miles de promesas y miles de proyectos por cumplir. Pero dura solo un segundo.

Nicolás abre los ojos y el dolor esta por todos lados.

– ¿Vos pensas que me olvide que desapareciste el día de nuestro casamiento? ¿Vos crees que me podes llamar un día como si nada e invitarme a tomar un café? ¡¿Un café?! – responde escupiendo las palabras – Vos estas loca, estas desquiciada, no se que mierda pensas que soy yo.

– Nicolás, por favor…

– Nicolás ¡¿Que?! ¡¿Para que mierda me llamas?! ¿Un día te despertaste y te diste cuenta que me arruinaste la vida?

– No, no… solo… – hizo un silencio y su voz quebrada le dijo: – Me entere que Victorio se va a casar y que estas organizando su casamiento. Pensé que… no sé, que era la hora de darte una explicación. Yo sé que eso no te debe traer buenos recuerdos y es un momento muy especial para tu mejor amigo. No quiero ser la culpable de que estés mal un día tan importante para él… Quiero hacer las cosas bien Nico.

Un silencio eterno se apodero de la linea junto con un dolor sordo en la cabeza de Nicolás. Él quería desesperadamente respuestas, pero algo lo retenía de aceptar esa propuesta y no sabía con exactitud qué. Tal vez era el miedo, el miedo de no soportarlo, el miedo de no saber como su corazón y su cuerpo iban a reaccionar al volver a verla. Pero la intriga también lo llamaba por saber ¿Como estará? ¿Seguirá igual de hermosa? ¿Su sonrisa le sacaría el aliento como solía hacerlo? ¿Existiría todavía esa mirada verde y clara que ella solamente sabía brindarle?

Tenía muchas preguntas por hacerle, pero lo que mas le intrigaba era que sentiría cuando la tuviera delante de él.

– Necesito pensarlo – respondió con esa frialdad que todavía no había cambiado de parecer.

– Esta bien, yo recién vuelvo antes de fin de año. Tenes tiempo para pensarlo, pero por favor Nico, no digas que no.

– Ya te dije que lo iba a pensar – dijo entre dientes y escucho que ella del otro lado lanzaba un largo suspiro, como siempre hacía cuando Nicolás se tornaba terco.

– Nunca pensé que aún tendrías el mismo número de celular – dijo con voz pensativa.

– No lo cambie porque siempre creí que nunca llamarías.

– Nicolás… – dijo suave, pero él estaba harto de escucharla. Luego de un breve adiós, colgó el teléfono sientiendose frustrado.

Otra vez su vida daba un vuelco de 360 grados y estaba completamente cansado de sentirse un maldito juguete. Se levanto con brusquedad de la mesa isla llevando el celular en una de sus manos y se dirigió a su habitación. Se sentó en su cama y hundió ambas manos en su cabello que se encontraba mas largo que lo normal, intentando racionalizar lo que acababa de suceder.

Luego de tantos años, ella volvía a su vida y no sabía con exactitud como se sentía. En su cabeza las ideas chocaban, por un lado quería con todo su ser saber que la llevo a tomar esa decisión el día mas importante de la vida de ambos, ¿porque no lo hizo antes? ¿Estaba aterrada, nerviosa o ya no lo amaba? Nada tenía sentido. Algo mas había en aquella historia y lo quería averiguar. Pero existía ese nuevo sector completamente desconocido para él que le decía que no, que había heridas que tenía que sanar en completa ignorancia, no iba a soportar desenterrar ese pasado. Aunque nunca lo había enterrado por completo.

Observo su celular que aún lo tenía en su mano derecha. Parecía que de un simple aparato color blanco, giraba su vida. Por un lado estaba Rocio que en los últimos días había logrado que sintiera miles de cosas que considero perdidas, pero nada era fácil con ella, ni las conversaciones, ni los encuentros. Aunque aún no la conocía realmente, sabía que con ella cada etapa que viviera, iba a ser igual que estar en una montaña rusa sin frenos ¿Estaba preparado para eso? Realmente llego a la conclusión que no, que no estaba preparado. La iba a lastimar teniendo a una mujer de su pasado aún metida en la cabeza, ¿Y en su corazón? ¿La seguía amando? Había pasado tanto tiempo que simplemente pensó que esos sentimientos se habían esfumado de su vida. Pero ahora que había escuchado su voz, ya no tenía claro lo que sentía por ella. Si, una parte de él la odiaba por lo que le hizo, pero otra parte, esa pequeña parte que quedaba en su corazón, que Nicolás sabía que le pertenecía a ella, estaba despierta y todo se resumía a un caos interno que tenía que resolver.

Dejo el celular en su cama y se levanto. Camino de un lado a otro intentando llegar a una decisión, pero su habitación no ayudaba. Cada vez se sentía mas pequeña y él poco a poco se iba ahogando. Se dirigió al comedor y saco de uno de sus abrigos el paquete de cigarrillos. Cruzo la cocina y se encontró con el aire frío y húmedo de su balcón. Fumo una y otra vez con desesperación hasta que en la quinta pitada, la calma se hizo presente. Pero no así una respuesta a lo que debía hacer con su vida.

Lo perfecto sería desaparecer, irme a una playa perdida del mundo sin que nadie se entere. Pensó en un momento, pero lo deshecho al instante. Tenía un trabajo, una profesión que amaba y por la cual había luchado hasta llegar a donde estaba, no podía ni quería abandonar algo, y lo único, de lo cual estaba orgulloso. Tenía amigos, tenía a su familia, todo estaba en Argentina y no podía ser egoísta por mucho que lo deseara.

Dejo caer su cigarrillo al vacío y una ráfaga de viento le sacudió las ideas. Miro el interior de su departamento, siguió las lineas frías y minimalistas de los muebles, lo colores negro, gris y blanco que prevalecían dando un aire totalmente masculino, pero a la vez totalmente distante. Se rió sin ganas al darse cuenta que al final no era necesario viajar para estar en una isla desierta, cuando él mismo se había convertido en una.

Entro en su departamento y miro alrededor sin identificarse con todo lo que lo rodeaba. Realmente en esos últimos años se había perdido entre ese velo negro y oscuro de dolor que lo cegaba completamente convirtiéndose en un hombre que ya no reconocía. Había disfrutado de las pasiones carnales, pero era tiempo de renunciar, eso ya no lo completaba y estaba harto de las mujeres. De depender de ellas como si su vida no tuviera un significado sin una al lado. Ya no le interesaba averiguar su pasado y mucho menos concentrar su presente en una mujer tan impredecible como altanera, como lo era Rocio. Necesitaba volver a lo básico, a sus raíces, a ese chico de barrio, el que volvía por la madrugada luego de colmar su torrente sanguíneo de alcohol y sabía que su madre lo esperaba sentada en la cocina para cerciorarse que llegue en una pieza completa, donde luchaba en el jardín con su hermano Mariano y pasaban largas tardes jugando al fútbol con sus amigos de la zona. Necesitaba volver a ese tiempo donde trabajo y mujeres parecían cosas lejanas, y la vida era disfrutar con sus amigos de cada momento que nacía.

Con una sensación de ligereza, toma las llaves de su auto y sale de su departamento dejando todo lo demás atrás. Llama al ascensor y en un segundo se encuentra encerrado en la pequeña caja metálica donde su reflejo se múltipla en un millón, pero ya no le importa lo que exprese su mirada, ya no le importa el vacío. Porque su vida acaba de dar un nuevo giro de 360 grados.

×

Conduce con tranquilidad por las calles porteñas hasta llegar a la ciudad de San Isidro donde viven sus padres desde que él era un pequeño niño de 4 años. Observa que el reloj casi pisa la 1 de la madrugada, pero poco le importa. Necesita volver por unos días a esa casa para reencontrar a esa persona que se perdió en alguna parte del camino. Estaciona su auto enfrente del enrejado que divide la vereda de su casa, y baja del auto con la emoción en su piel, mientras en sus manos lleva la llave que aún conserva. Cruza la reja y ante él se presenta en penumbras la fachada color amarillo de su casa de dos pisos. Manteniendo el silencio que se proyecta desde afuera, abre la puerta y el aire que lo rodeaba hacia unos instantes cambia por completo a uno familiar, al de su hogar. Sonriendo en silencio se adentra por completo al comedor que le da la bienvenida, observando con atención la escalera que se encuentra a su derecha, pero nadie parece haber notado su llegada. Se sienta en el sillón color blanco que preside el living que se encuentra a la izquierda de la mesa enorme mesa para doce personas del comedor, y apoya ambos pies en la mesa ratona que tiene en frente, algo que su madre siempre le prohibió. Sin pensarlo, de un segundo a otro, el sueño lo invade.

Y un grito lo despierta.

– ¡Nicolás! – grita su madre y él de un salto se incorpora en el sillón un poco desconcertado – Me asustaste ¿Porque no me dijiste que ibas a venir?

Él mira de un lado al otro y como si fuera una película, se proyecta todo lo que había sucedido esa madrugada en su cabeza. Se recuesta nuevamente con la intención de seguir durmiendo como hacia tiempo no hacía, pero su madre tiene otros planes.

– Nicolás… ¿Paso algo? – le pregunta suavemente como si él fuera a romperse en pedazos.

Nicolás abre los ojos y la observa completamente. El cabello rubio de su madre es una maraña de recién despertarse, mientras su rostro esta surcado de preocupación. Lleva una bata rosada chicle que su hermana Jazmín le regalo para su cumpleaños, y que ella juro nunca usar, junto a un pantalón de gimnasia y pantuflas blancas.

Él se levanta de un salto y sonriendo tranquilamente, planta un beso en la mejilla derecha de su madre diciéndole:

– Nada de que preocuparse. Me voy a bañar ¿Me haces el desayuno? – le pregunta intentando escaparse de la situación.

Ella lo toma del brazo derecho con suavidad a medio camino y sonriendo le dice:

– No te vas a escapar de mis preguntas. Ahora anda que estas hecho un desastre.

Nicolás sube con velocidad las escaleras y se adentra en la habitación de su hermano Mariano que se encuentra en el sur de Argentina practicando deportes, conectándose con otras culturas y sacando fotografías; en busca de ropa un poco mas cómoda que su jean y camisa.

Apropiándose de un pantalón de gimnasia negro, una remera azul y un viejo buzo color verde que era de Nicolás, se dirige a tomarse una rápida ducha para en minutos ser un hombre completamente distinto.

Baja las escaleras, cruza el living y el comedor, y se adentra a la cocina en forma de L, con una mesa isla en el centro, mientras en el fondo el gran ventanal y puerta doble de vidrio ofrecía la vista del enorme jardín repleto de flores y otras plantas que Nicolás no reconocía, rodeando la pileta que por el clima frío se encontraba cerrada.

– ¿Papá esta durmiendo? – pregunto Nicolá mientras se sentaba en la mesa isla con la mirada clavada en el jardín que poco a poco se encontraba iluminado por el sol.

– Si, ayer volvió de Chile después de firmar unos contratos. Estaba agotado – respondió su madre mientras terminaba de servir el desayuno para los dos.

– Jaz… ¿Sigue en Ecuador? – dijo Nicolás intentando que la conversación no llegue rápidamente a él, tomando un largo trago de café y un mordisco de su tostada.

Su madre, que estaba sentada junto a él, lo mira sonriendo reconociendo todas sus distracciones. No iba a escapar fácilmente.

– Si, esta semana vuelve por la facultad – responde y antes de que Nicolás pudiera arremeter, dice de manera casual – ¿Que haces acá Nico?

– ¿Como que hago acá? – responde distraídamente terminando su tostada.

– Te apareces en casa a la madrugada hecho un desastre, sin avisar… – lo dijo con calma, pero escucharlo de su madre se sentía mas catastrófico de lo que le hubiera gustado – Entonces… – sopeso las ideas – ¿Que paso?

La miro por un momento intentando encontrar las palabras correctas. Pero… ¿Existen palabras exactas cuando se trata de contarle a tu propia madre que a tu vida volvió la persona que arruino tu vida? Realmente, no.

– Me llamo Eugenia – dijo sin importancia y el silencio lo acompaño por un momento, hasta que su madre reacciono.

– Que hija de puta.

– ¡Mamá! – dijo Nicolás sonriendo intentando aligerar el ambienta al notarla tan preocupada.

– Hay Nicolás, por favor. Es lo mínimo que puedo decir de ella… ¿Que te dijo? – pregunto con una mirada atenta mientras tomaba su café.

– A fin de año vuelve y quiere que hablemos, dice que quiere explicarme que le paso ese día.

– ¿Y vos? ¿Queres hablar con ella? ¿Que le dijiste?

– Le dije que lo iba a pensar… pero – dijo suspirando – estoy harto de las mujeres mamá.

– Que una mala historia no te impida ser feliz, Nico. Ya vas a encontrar a una mujer con todas las letras – dijo con convicción, pero Nicolás no pensaba lo mismo.

Tras terminar de desayunar y de acomodar la cocina, Nicolás se dirigió al estudio de restauraciones que tenía su madre junto a la casa, mientras ella se arreglaba. El estudio era prácticamente una caja de cristal con la pared de enfrente formada por ventanas de vidrio industriales que estaban a centímetros del piso de concreto gris, donde durante casi todo el día entraba la luz del sol. El lugar era amplio y estaba sectorizado por tres mesas que corrían de forma paralela, donde en cada una se realizaba diferentes cosas. Mientras en la primer mesa estaban todos lo elementos de lijado y tapizado, en la segunda estaba todo lo necesario para pintar y en la última para barnizar y pulir los muebles por restaurar. Los demás elementos que eran de uso común, estaban desplegados de manera ordenada por las paredes de ladrillo visto que se encontraban a los costados, mientras en el fondo se encontraban esperando los muebles para ser restaurados y en el frente, donde el ventanal daba a la calle, los que ya estaban listos para ser vendidos o recogidos por sus dueños. Nicolás recorrió las meses como cuando era chico, observando el trabajo que su madre se encontraba realizando pero sin tocar nada. Siempre que tocaba algo de esas mesas de trabajo, algún daño, aunque menor, terminaba haciendo. Como esa vez en que sin querer o por distracción se le había caído al piso una lata de barniz al suelo dejando una enorme mancha brillosa por un largo tiempo.

Estuvo un momento dando vueltas y observando los distintos muebles que había en el estudio, cuando escucho el sonido de la puerta de entrada abrir y cerrarse. Pensando que era su madre, siguió concentrado en no hacer ningún daño y simplemente mirar, hasta que del otro lado comenzaron a llamar.

-¿Hola? ¿Hay alguien? – escucho decir por parte de una voz femenina, seguida de murmullos.

Nicolás supuso que se trataba de clientas de su madre, así que se dirigió con velocidad a la parte delantera que se encontraba divida de donde se encontraba por una pared metálica donde colgaban algunas herramientas y muebles que ya no servían para el uso, pero que resultaba hermosos como objetos decorativos.

– Hola ¿En que las puedo ayudar? – dijo hasta que lentamente su voz se volvió un murmullo al observar a quien tenía enfrente suyo – ¿Que haces acá? – pregunto estupefacto. Igualando la misma expresión de Rocio que lo miraba de arriba abajo una y otra vez con sus enormes ojos ámbar, sin entender nada.

– ¿Esta María Laura? – pregunto la chica que había hablado primero y Nicolás la miro preguntándose como no se había dado cuenta antes que estaba parada a su derecha. Era rubia con el cabello suelto que le llegaba hasta los hombros, llevaba una campera de cuero negro junto con una polera gris y jean ajustados negros. A Nicolás le resulto linda, con sus profundos ojos cafés, pero su atención siempre volvía a Rocio que no había dejado de mirarlo.

En el momento en que la pregunta es realizada, hace su aparición María Laura completamente preparada para su día de trabajo.

– Clari – Saluda su madre a la rubia que tenía a la derecha, con un beso en la mejilla – Viniste temprano.

– Si, ¿viste que te conté que era un regalo para mi mejor amiga que volvía al país? – dijo Clari mientras la mamá de Nicolás le sonreía a Rocio que intercalaba la mirada entre los tres aún mas confundida – Bueno, ella es – dijo triunfante.

– Es un gusto por fin conocerte – dijo la mamá de Nicolás sonriendo y dándole la mano a manera de saludo – No sabes todo lo que me ha hablado tu amiga de vos.

– Espero que solo cosas buenas – respondió Rocio sonriendo y preguntándole con la mirada a Nicolás de que se trataba todo esto. Él simplemente se encoge levemente de hombros, porque tampoco tenía idea, pero observarla así, tan educada y con el fin de agradar a su madre, lo divertía y le resultaba imposible esconder la sonrisa.

-Te aseguro que así fue – respondió María Laura sonriendo y tomo a Nicolás de su brazo derecho – Nico, ella es Clara una muy buena clienta que me ha traído los proyectos mas interesantes – dijo y Nicolás tendió su mano derecha y con una sonrisa la saludo – Ella es…

– Rocio – dijo Nicolás sonriendo al notar como un suave y adorable rubor se hacia presente en las mejillas de la chica.

– ¿Se conocen? – preguntó Clara en tono de reproche.

– Es el mejor amigo de mi cuñado – le dice Rocio fulminando con la mirada a su mejor amiga y sonriendo a María Laura, provocando en Nicolás una mayor diversión.

– Es la hermana de Martina, mamá, la futura esposa de Vico – acota él sin dejar de mirarla.

– Hubiéramos empezado por ahí – dice emocionada su madre – El otro día lo encontré a Vico con tu hermana, y al presentarla me quede completamente encantada con ella; como se nota que es algo de familia.

Nicolás suspiro y puso los ojos en blanco.

– Te puedo asegurar que Rocio no es tan encantadora como aparenta – dijo mordaz y ella lo fulmino con la mirada.

María lo reprendió con un suave golpe en su brazo izquierdo diciendo:

– No le presten atención. Desde chiquito se comporta así cuando tiene a dos chicas tan lindas enfrente de su madre.

Nicolás quiso que la tierra lo tragara al notar la mirada y sonrisa de satisfacción de Rocio surcar su cara. Esto era increíble, su propia madre lo avergonzaba sin problemas delante de dos completas desconocidas. Tendría que haber previsto que esto sucedería. Pero se había olvidado una de las reglas fundamentales de su propio manual; no importa cuan amigas o enemigas sean dos mujeres y mucho menos lo poco que se conozcan, siempre una va a salir a proteger a la otra cuando un descarado como él, se comportaba de esa manera. Nicolás lo denominaba compromiso femenino, y había vivido varios de esos mismos episodios durante las múltiples noches donde conocía una nueva mujer y una nueva cama.

Sintiendo la pena en todo su cuerpo, se aleja de esas tres mujeres y se sienta en una de las banquetas detrás de la mesa de un metro de alto que daba la bienvenida a los clientes y servía de sector administrativo. Prendió la computadora sintiendo el bullicio de las voces femeninas con la intención de revisar lo que su madre tanto odiaba, que las facturas e impuestos se encuentren pagados y que el dinero de entrada sea mayor que el de salida para que la economía se mantenga estable.

Intento indagar en los números de su madre, pero la concentración no lo acompañaba. En su cabeza estaban comenzando a rondar demasiadas ideas y preguntas. ¿A que estaba jugando el destino? En el preciso instante en que decide dejar atrás a las mujeres que hacen estragos en su vida, aparece Rocio en el lugar de trabajo de su madre generando lo que siempre generaba cuando la tenía cerca. Que sus emociones se disparen por su cuerpo, y verla con sus jeans azul claro y campera a cuadros roja y negra, con su cabello atado en un rodete haciéndola lucir segura, profesional y preciosa, tampoco habían ayudado. Mientras él, estaba en la casa de sus padres vistiendo como un indigente.

Cerro los ojos por un momento y tomo su rostro con las dos manos mientras apoyaba los codos sobre la mesa. Ella no lo podía afectar, no lo tenía que afectar. Se tenía que alejar de ella porque realmente estaba harto de todo eso y nunca iban a funcionar las cosas con Rocio cuando él estaba hecho un desastre.

– ¿Nicolás? – escucho decir suavemente y sintió como alguien sacudía su hombro izquierdo. Siguiendo el sonido de aquella voz, observo que se trataba de Rocio.

Estaba a centímetros de él con el entrecejo fruncido rodeando su espacio personal de aquel dulce perfume. Pudo notar lo extraño que eran sus ojos, eran de un ámbar claro y profundo, un desierto dorado donde Nicolás podía sentir como se perdía. Como caía nuevamente.

– ¿Estas bien? – le pregunto con preocupación.

– Si – respondió con falsa seguridad – ¿Que necesitas?

– Sólo… ¿Me podrías ayudar a llevar unas banquetas a la camioneta?

– Claro.

Saltando de su asiento se dirigió hasta la puerta abriéndola para luego, tomar dos de las seis banquetas que se encontraban apiladas sobre un mueble de madera con vista a la calle, ya preparadas para su destino. Siguiendo a Rocio, que llevaba solo una de ellas, acomodo las banquetas en la camioneta Audi Q7 de color negro, que ella le indico. Con velocidad, volvió por el resto sin mirarla en ningún momento. No quería notar como el sol de la mañana golpeaba su rostro, su cabello dorado, como sus jeans marcaba su silueta, como el color dorado de sus ojos brillaban, porque sabía que su decisión de alejarse, iba a perderse tan pronto en que notara esas pequeñas cosas.

Pero Rocio tenía ideas completamente opuestas al detenerlo antes de que se escabullera dentro del estudio de cristal de su madre.

-¿Puedo preguntarte algo? – le dijo y Nicolás no tuvo mas remedio que realizar lo que durante esos últimos minutos, había evitado: mirarla. Girarse no fue fácil, como tampoco tenerla a centímetros de él brillando con toda su belleza.

– ¿Que queres saber?

– ¿Que haces acá? No creo que seas un hombre que sigue viviendo con sus padres.

Nicolás frunció el ceño ¿Que diablos era todo eso?

– Cosas mías – respondió despacio con la intención de alejarse de ella, siguiendo su camino hacia la entrada. Pero lo detuvo.

– Espera… – dijo y Nicolás la miro expresando exasperación. Necesitaba irse, aunque le fascinaba ver como las dudas chocaban en el interior de Rocio – Esta noche hago una cena en mi casa por mi primer mes viviendo sola, van a ir Vico y Martina, además de varias amigas y amigos… ¿Te gustaría ir?

Lo primero que pensó fue: Esto es una broma. Pero al ver la seguridad que mantenía Rocio y la ansiedad por la respuesta de él, cayo en la realidad de que era en serio su invitación. Y ahí estaban, las sensaciones invadiendo su interior, su sangre fluyendo con fuerza y la vergüenza creciendo; era lo único que le faltaba: que una mujer lo invite a él a salir.

Rocio cambio el peso de un pie a otro y lo miro expectante.

– ¿Y?

– ¿Esto no tendría que ser al revés? – dijo con los dientes apretados, provocando en ella una enorme sonrisa que lo hizo tragar duro, ablandando un poco el golpe que había recibido su virilidad.

– No seas así, estamos en pleno siglo XXI para que te pongas tan machista. Además, es una cena tonta… No es una cita.

Nicolás puso los ojos blanco y con dudas acepto la invitación. Ella sonrió nuevamente haciendo aparecer sus hoyuelos, haciéndola lucir mas niña y soñadora. Algo que le encanto, pero a la misma vez lo aterro. Estaba comenzando a conocer a Rocio, se estaba involucrando y nada bueno podía salir de eso.

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