Mi piel y su piel

Me besó con fuerza y el tiempo suficiente para que yo pudiera saborear más de él en mi boca que de mí misma. Clavé mis uñas en sus hombros, porque había aprendido que cada vez que lo hacía, él presionaba sus caderas más fuerte contra las mías. Si no era cuidadosa, yo podría hacerlo sangrar pronto.

Sus manos tocaron suavemente mis lados, enviando temblores a través de mi piel cuando pasaba por los lugares sensibles. Y, finalmente, una mano se escabulló alrededor de mi espalda, para alcanzar el broche de mi sujetador. Sus labios dejaron los míos buscando la curva de mi cuello, su barbilla, otra vez cubierta de una barba incipiente rozó la cima de mis pechos. Me arqueé hacia él en el mismo momento que los broches de mi sujetador se desataron. El aire frío endureció mis pezones como pequeños brotes, y extrañaba que él me tocara. Dijo una vez que podríamos poseernos el uno al otro, y no quería nada más en este momento.

Nicholas me besó entre mis pechos, sus mejillas rozaron ligeramente a través de las elevaciones. Clavé mis uñas otra vez, y sus caderas hicieron presión en el mismo momento que él tomó un pecho en su mano y el otro en su boca. Algo estalló debajo de mi piel, y gemí, sacudiéndome contra él en respuesta.

Rodó un pezón entre sus dedos, y apretó el otro ligeramente entre sus dientes, y pude sentir la oscuridad arrastrándose sobre mi visión. Palabras fluían de mi boca, algunas familiares, otras no. La última de las cuales fue:

—Te amo.

Se elevó encima de mí con una sonrisa.

—Si hubiera sabido lo fácil que era hacerte admitir cómo te sentías, yo habría hecho esto hace mucho tiempo.

Mi cerebro estaba más allá de responder con palabras. En cambio mis manos encontraron su cinturón. Lo desabroché y luego, con un rápido movimiento, abrí el botón de sus vaqueros. Su sonrisa presuntuosa se había ido ahora.

Lentamente, bajé su cremallera, y el solo sonido provocó que un gemido saliera de mi garganta. Empujé sus vaqueros y bóxers juntos hacia abajo. Cuando retrocedió para quitarse sus pantalones completamente, tomé el momento para deslizar mis bragas fuera y agarrar un condón de mi gaveta.

Cuando alzó la vista, se congeló durante un segundo en shock, como si justo en este momento se diera cuenta de cuán serio era esto. Se lo sacudió rápidamente, y se abalanzó por un beso.

—¿Sabes que te amo, cierto?

—Lo sé —le dije.

No creo que podría haber hecho esto si no lo supiera. Era lo que necesitaba. Esto es lo que hacía el miedo, los nervios soportables.

Me besó otra vez, y sus dedos encontraron mi entrada. Deslizó dos en el interior, al mismo tiempo que su lengua encontraba la mía. Comenzó despacio, luego sus besos se aceleraron junto con sus dedos. Apreté sus hombros, mis uñas rasguñando ligeramente, y fui recompensada con un curvar de sus dedos dentro de mí.

Gemí, rompiendo nuestro beso.

Sus labios regresaron de nuevo hacia mi pecho, colocando besos tan ligeros como plumas por todas partes donde podía alcanzar. Yo podía sentir la presión construyéndose bajo mi centro, y tiré de su cabeza de nuevo hacia arriba hacia la mía. Presionó su frente contra la mía, nuestros labios tocándose, pero no besándose, luego su palma se presionó contra mí, y una explosión se encendió bajo mi piel. Como una cadena de fuegos artificiales, mi mundo detonó en explosiones de luz y color. El mundo se estaba uniendo y se derrumbaba a pedazos detrás de mis ojos cerrados, y mi boca seguía abierta en un grito silencioso.

Sentí su beso debajo de mi oreja, y me estiré hacia él, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura. La longitud de él presionada contra mí, y mi cuerpo entero se estremeció en respuesta.

—¿Estás segura? —preguntó de nuevo.

Mi cerebro no sabía cómo comportarse serenamente en este momento, entonces dije:

—Por favor, Dios, sí.

Había una sensación de pellizco, no agradable, pero el resto de mi cuerpo estaba demasiado relajado para realmente pensar demasiado en el dolor. Me besó mientras se empujaba dentro, luego se interrumpió con un gruñido.

—Oh Dios, Rose.

Su cuerpo entero estaba tenso encima de mí. Pude ver las líneas pronunciadas de sus músculos flexionados en sus hombros, en los brazos apoyados a ambos lados de mí. Podía sentirlo, su pecho caliente presionado contra el mío. Me distraje a mí misma del dolor siguiendo aquellas líneas con mis ojos y manos. Después de algunos momentos, respiró profundamente y me miró.

Me calmó primero con sus labios, y luego con susurros de “amor“, “hermosa” y “perfecto“. Se quedó completamente quieto una vez que estuvo dentro, aplastando sus labios contra los míos. Mis extremidades se sentían un poco como gelatina, tan solo me envolví yo misma alrededor de él, sosteniéndolo tan fuerte como podía.

Se retiró, sólo un poco, antes de empujar de nuevo con fuerza Yo respiraba bruscamente, mordiendo mi labio contra la punzada de dolor. Los labios de Nicholas capturaron ese labio inferior entre los suyos, cuidadoso, tranquilizándome.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí, no segura de que pudiera hablar.

—¿Quieres que me detenga?

Sacudí mi cabeza. No era lo que quería en absoluto. Quería que él sintiera lo que yo había sentido antes. Quería sostenerlo mientras él se deshacía en mis brazos.

Repitió la acción, y esta vez, no era tanto el dolor como la incomodidad.

—Continúa —susurré. Nicholas metió su cabeza en la curva de mi cuello, arrastrando su boca sobre el punto de mi pulso mientras empujaba dentro y hacia fuera otra vez.

La siguiente vez yo estaba lo suficientemente coherente para inclinar mis caderas hacia arriba para encontrarlo a mitad de su camino. Su respuesta fue un gruñido que sentí hacia abajo hasta los dedos de mis pies.

Su boca memorizó la piel de mi cuello y hombros, mientras desarrollamos un ritmo entre nosotros. Algo empujaba y tiraba dentro de mí, y cada vez que nuestra piel se enlazaba, sentía la presión levantándose un poquito más. Su mano ahuecaba mi pecho, y sentí el placer arremolinándose bajo mi centro hacia el lugar donde nuestros cuerpos se encontraban. Envolví mis piernas alrededor de sus caderas y lo atraje más hacia mí. Su ritmo tartamudeó durante un momento, sus ojos cerrados, y era hermoso mientras trataba de mantenerse unido.

Todo mi mundo se expandía en el círculo de sus brazos. Comenzó a moverse otra vez después de un momento, y esta vez estiró una mano entre nosotros. Yo me preocuparía sobre cómo consiguió ser tan bueno en esto más tarde, pero, por ahora, yo estaba demasiado ocupada recogiendo los beneficios.

Estaba tan cerca, y cada músculo en mí estaba apretado. Clavé mis uñas en sus hombros por última vez, mi nuevo truco favorito, y precipitó sus caderas hacia adelante.

—Rose —gruñó.

Solamente envolví mis piernas apretándolas más contra él, y dirigí mis caderas hacia arriba. Dejó caer su cabeza sobre mi cuello, su caliente respiración contra mi piel. Empujó hacia adelante otra vez tan fuerte que todo mi cuerpo cambió y el placer se vertió por mi cuerpo tan rápido que mi visión fue irregular.

Su cuerpo se aquietó contra el mío, su rostro todavía presionaba mi cuello, sus brazos me acunaban. Levanté su rostro hacia el mío, viendo cómo sus ojos se cerraban apretados, su boca se abrió, y todo su cuerpo se estremeció sobre el mío. Cuando abrió sus ojos, ellos todavía estaban oscuros, pero se enfocó en mí.

Presionó un beso en mi frente, luego en cada mejilla, y finalmente en mis labios.

—Te amo —dijimos juntos.

Se deslizó fuera de mí e, inmediatamente, me estiré por él, extrañándolo, añorando la manera en que encajábamos juntos. Se acomodó a mí lado y me recogió en sus brazos. Recosté mi cabeza en su pecho, donde podía escuchar los latidos de su corazón. Eran tan rápidos como los míos.

Entrelazó nuestros dedos y presionó su mejilla en la parte superior de mi cabello. Era perfecto. Estaba llena de momentos perfectos hoy. Y yo no estaba segura de si lo que diría a continuación sería apropiado o lo arruinaría todo, pero consideré que no pensar demasiado funcionaba bien con Nicholas.

Cuando mi respiración se calmó, dije:

—Miré departamentos en Filadelfia.

—¿Lo hiciste?

Asentí, todavía insegura de lo que él pensaba.

—Sé que todavía no hemos hablado de esto —comencé—. Pero he estado teniendo algunas ideas, y he decidido que quiero concentrarme en la actuación, no en la dirección escénica y ya que no puedo permitirme el lujo de Nueva York, Filadelfia parece un lugar bastante bueno. Quiero decir, no he hecho ningún plan definitivo. Sólo he hecho alguna investigación. Tú sabes, miré algunos teatros, próximas audiciones, departamentos, y empleos diurnos, esa clase de cosas. Pero si piensas que esto no es una buena idea, no tengo…

—Para ahí, loca habladora.

Esta fue una horrible idea. Yo acababa de arruinar un gran momento… como siempre lo hacía. Seriamente, iba a inventar algún tipo de máquina de shock o que me diera un puñetazo en la cara cada vez que hiciera una mierda como esta. Sería como acondicionamiento, y tal vez, finalmente, aprendería a cerrar la maldita boca.

Su mano encontró mi mandíbula, y enfrentó mi rostro con el suyo. Su pulgar rozó mi labio, y sus ojos contemplaron los míos.

—Creo que te gustará Filadelfia —me dijo. La luz brillaba otra vez en la forma de su sonrisa, y me relajé en sus brazos. —Pero no te preocupes en indagar por departamentos. Puedes quedarte conmigo mientras buscas un lugar.

Su rostro estaba cuidadosamente construido, las líneas lisas, sus labios cerrados y reposando en algún lugar cercano a una sonrisa. Tragué el nudo en mi garganta, y dije:

—¿De verdad?

—Y si no encuentras un lugar que te guste, siempre podrías decidir solamente quedarte conmigo permanentemente.

Extendí la mano, y acaricie su cabello.

—¿Me estás pidiendo que me mude contigo? No puedo creerlo Por lo general eres mucho más directo que esto.

Sonrió.

—Estaba intentando pedirte que te mudaras conmigo sin espantarte. ¿Funcionó?

Dije:

—No tengo miedo. Y lo decía en serio.

Seis meses después

Nicholas

Mis ojos siempre eran atraídos hacia Rose durante esta escena.

Ella era encantadora y alegre, y me tomaba toda mi concentración para contenerme de correr hacia ella. Nuestra directora había escrito su propia adaptación de Orgullo y Prejuicio, y yo dudaba que ella aprobara que yo agregara mi propia adaptación en la que Bingley y Elizabeth terminaran juntos en vez del tosco Sr. Darcy.

Los ojos de Rose se conectaron con los míos y, aunque se suponía que yo debía estar adulando al personaje de su hermana, mi personaje era la última cosa en mi mente. Nos formamos para un baile en el que estábamos moviéndonos constantemente y dando vueltas. Cada vez que Rose y yo pasábamos, nuestros ojos se encontraban, nuestras manos se rozaban, y yo maldecía al director de reparto que no me hizo Darcy.

Yo podía ser tosco.

Inmediatamente después de la llamada a escena, la encontré detrás del escenario y tiré de ella hacia mí.

—Nicholas —suspiró en mis brazos.

Las palabras vibraban contra mi pecho, y la abracé con más fuerza.

Susurré en su oído:

—Debes permitir que te diga qué tan ardientemente te admiro y te amo.

Ella rió.

—Dices eso cada noche después del show.

Me aparto, y mi mejilla se deslizó contra la suya. Los rizos alrededor de su rostro hacían cosquillas en mi frente.

—¿Qué puedo decir? Soy persistente.

Ella murmulló, sus labios apretados.

—¿Persistente? Yo diría que sin imaginación. Podrías al menos tener tu propia línea.

Tracé con mis dedos su espalda. Podía sentir su corsé. Dios, me encantaría verla en él. Sólo en él.

—¿Quieres algo original, amor?

—Sí, quiero. Mañana, espero la mejor línea que tengas, Sr. Taylor. Pero ahora, necesito ir a vestirme.

Se apartó de mí, y caminó hacia el vestidor de mujeres. Me miró sobre su hombro, y sentí esa mirada recorrer cada centímetro a través de mí. Muchas cosas originales pasaron por mi mente, ninguna de las cuales podía decir en voz alta. Su sonrisa parecía decir exactamente lo que yo estaba pensando.

—Apresúrate —dije.

—La paciencia es una virtud, Sr. Taylor.

Ella sabía que ese nombre me ponía mental. Me hacía sentir como su profesor de nuevo, lo cual era exasperante y extremadamente sexy al mismo tiempo. Fui a decirle lo mismo, pero ya se había metido en el vestidor.

Tomé un momento para respirar y despejar mi cabeza. Esta noche, mi plan comenzaba esta noche. Si no lo hacía, probablemente terminaría diciéndolo sin advertencia alguna. Y, con la tendencia de Rose de entrar en pánico, esa no era definitivamente la manera de hacerlo.

Cambié mi traje, y lo colgué para el equipo de mantenimiento lo más rápido que pude. Mañana era nuestro día libre, lo que significaba que era día de lavandería. Buena cosa también porque mi traje definitivamente había olido mejor.

Unos compañeros de reparto nos invitaron a tomar unos tragos, pero yo me excusé. Esperaba que Rose hiciera lo mismo. La quería toda para mí esta noche.

Estaba vestido y esperándola, en tiempo récord. Cuando la primera chica salió, se rió y negó con la cabeza. Se inclinó hacia atrás y dijo:

—Rose, tu novio está prácticamente salivando aquí afuera.

Novio. Aún no estaba acostumbrado a eso. Incluso después de que Rose se graduó, era incómodo cuando la gente nos veía juntos. Era agradable el que tuvieramos algo fresco en Filadelfia. No teníamos que escondernos.

Cada chica que salía me daba una sonrisa de complicidad, pero Rose se tomó su tiempo, incluso más de lo normal.

—¡Rose! —llamé a través de la puerta—. ¿Estás tratando de torturarme?

La puerta se abrió de nuevo, otra actriz sonriendo, pero no Rose.

Suspiré. La chica dijo:

—Estoy muy segura de que lo está haciendo.

Gemí, y presioné mi rostro contra la pared. La puerta se abrió, y ni siquiera me molesté en mirar.

—Adelante, chico enamorado. Soy la última que queda. —Me di la vuelta para encontrar a Alice, la mujer mayor que hace el papel de la Sra. Bennett. Le sonreí y llegué hasta la puerta. Alice se rió—. ¡Buena suerte!

No pensé nada sobre su respuesta hasta que entré en el vestidor. Maldita sea.

Rose aún seguía usando el corsé, sentada en una silla mirándome a través del espejo. Sus pechos estaban empujados hacia arriba y afuera, y sus ojos oscuros mientras me miraba. Levantó una mano, y comenzó a quitarse las pinzas del pelo. Cayó sobre sus hombros, y mi boca se secó. Ella era deslumbrante.

—Pensé que te dije que fueras paciente.

Forcé a mis pies a moverse, y caminé hacia ella. Extendí la mano y la ayudé con sus pinzas. Dios, amaba su pelo. Envolví un rizo alrededor de mi dedo y dije:

—Soy bueno en ser paciente. Es sólo que no soy bueno en estar lejos de ti. Seguramente ya sabes eso.

Sonrió, e inclinó su espalda en mis manos.

—Creo que eso ha sido obvio desde el principio.

Dejé caer mis manos de su cabello a su cuello. Presioné con mis pulgares, masajeando gentilmente. Sus ojos se cerraron. Sus labios se separaron. Ella no tenía idea de lo sexy que era. En ese corsé, se veía como una pin-up-girl de 1950.

Me incliné hacia abajo y presioné mis labios en la curva de su hombro. De alguna manera, a pesar de estar en el escenario, bajo el calor de las luces por muchas horas, aún olía divinamente. Arrastré mi boca hacia su cuello, hacia ese punto debajo de su oreja que la vuelve loca. Exhaló, como si mi beso hubiera empujado todo el aire fuera de sus pulmones. Su mano se enroscó alrededor de la parte posterior de mi cabeza, tirando de mí más cerca. Sonreí contra su piel.

Dijo:

—Me has embrujado.

Me reí entre dientes, y tracé con un dedo a lo largo de los finos huecos de su cuello. Podría trazar la arquitectura de su cuerpo por días y nunca aburrirme.

—¿Cuerpo y alma? —Pregunté, citando la obra.

Abrí mi boca y probé su piel. Era casi tan deliciosa como el gemido que le siguió.

—Definitivamente —dijo ella.

—¿Quién está siendo poco original ahora?

Un golpe en la puerta rompió el hechizo entre nosotros. Benji, el director de escena, asomó la cabeza dentro del cuarto. Me di la vuelta para bloquear a Rose y al corsé corruptor.

—¿Están casi listos chicos? Voy a cerrar.

—Lo siento, Ben. Estaremos afuera en sólo un segundo. —Su expresión era escéptica—. Lo prometo. Dos minutos.

Tan pronto como cerró la puerta, Rose se puso de pie. Tuve que cerrar mis ojos para contenerme de tocarla. Ese corsé… mi Dios. Mantuve mis ojos cerrados, porque era la única manera de que lográramos salir de aquí en dos minutos. Aunque, escucharla cambiarse de ropa era una tortura. Cada roce de tela y zíper siendo cerrado traían una imagen vívida a mi mente. A pesar de que no la podía ver, podía sentir su presencia, especialmente cuando se puso delante de mí. Su mano se enroscó alrededor de mi cuello, inclinando la cabeza hacia abajo. Mantuve mis ojos cerrados, pero el calor de su aliento acariciaba mi rostro.

—Vamos a casa, Sr. Taylor.

Ese nombre. Abrí mis ojos, estaba sonriendo. Dos podían jugar a ese juego.

—Oh, Srta. Edwards, creo que eso podía merecer detención.

Sus ojos se entrecerraron.

—O tal vez un pequeño castigo.

Me daba tanto placer ver el color rojo subir a sus mejillas.

—No lo harías.

En lugar de responder, me incliné y tiré de ella sobre mi hombro. Chilló, y se aferró a mi espalda.

—¡Nicholas!

—Silencio, Srta. Edwards. La voy a llevar a casa.

Benji estaba esperando impaciente cerca de la puerta trasera. Su ceño se profundizó cuando nos vio.

Dijo:

—Primero, fueron tres minutos. Los conté. Segundo, ustedes dos son repugnantes. Siento que estoy viendo una película inolvidable.

Yo sólo me reí y le dije buenas noches. Rose sólo hizo un puchero primero, pero cuando la mantuve sobre mi hombro incluso cuando salimos del edificio, comenzó a luchar.

—Está bien, Nicholas, ya dejaste claro tu punto.

—No sé de qué estás hablando. No hay un punto. Sólo me gusta cargarte.

—Bueno, ya te divertiste. Bájame.

Me detuve por un momento y pretendí pensarlo. Tomé la oportunidad para deslizar mi mano hacia la parte posterior de su muslo.

Le respondí:

—Yo, por mi parte, pienso que hay más diversión por tener.

Me puse en camino de nuevo, y Rose estaba paralizada o realmente estaba interesada en dónde mi mano iba a ir ahora porque no se movió de nuevo. Hasta que empecé a bajar las escaleras del metro, ella pateó con sus piernas, y me dio un pellizco rápido de alerta a un lado.

—Nicholas, me niego a dejar que me cargues dentro del metro. Abajo, ahora.

Podía imaginarme su rostro rojo de enojo, y de pronto quería verlo. Mejillas sonrojadas. Ojos entrecerrados. Labios fruncidos. Cuando llegué al final de las escaleras, la jalé, dejando que su cuerpo se deslizara fuera del mío. Dejé mis manos en su cintura para frenar su descenso. El desplazamiento de su cuerpo contra el mío era celestial. Ella contuvo el aliento, y cuando nuestros rostros estaban a la misma altura, sus ojos no estaban entrecerrados, estaban cerrados. Sus labios no estaban fruncidos, pero su labio inferior estaba atrapado entre sus dientes en una manera que hacía que se me secara la boca. Sus mejillas sí seguían sonrojadas, pero yo tenía el presentimiento de que no era más por enojo.

—Hiciste eso a propósito —dijo.

Me reí, y la risa me salió ronca. Ella no era la única afectada por nuestra cercanía.

—Definitivamente hice eso a propósito. En realidad creo que deberíamos hacer de esto un ritual post-show.

Negó con la cabeza, y sonrió, pero no dijo que no. Incluso debajo de la tenue luz de la estación del metro, estaba radiante. Aún no podía creer que la podía tocar. No había nada que nos separe. Nada que nos meta en problemas. Estaba tentado a anunciar mi amor por ella a todos los otros viajeros, pero no quería arruinar este momento.

Me gustaba la manera callada en la que estaba mirándome, sus ojos llenos con más que sólo deseo. Me hacía feliz, y esperaba ser visto de la misma manera por ella justo ahora. De pronto, estaba emocionado por llegar a casa y poner mi plan en acción. Enterré mis dedos en su pelo, y tiré de ella para besarla. Sus manos se apretaron sobre mis hombros, sus uñas presionando en mi piel. Me tomé mi tiempo para probar su boca, dejándome llevar mientras esperábamos por el metro.

Tan pronto como llegamos a casa, le dije a Rose que iba a tomar una ducha. Los domingos eran días de dos shows, así que ciertamente la necesitaba.

La dejé entrar primero para que se cepillara los dientes. Esperé a que abriera la llave del agua, luego me puse en acción. Encontré el juguete con plumas de Hamlet (la única razón por la que ella se acercaría voluntariamente a Rose), y lo escondí debajo de la cama. Luego fui hasta el armario y encontré el bolsillo de la chaqueta donde había escondido el anillo. Abrí la caja para mirarlo una vez más. No era mucho. Yo sólo era un actor, después de todo. Pero Rose no era de usar muchas joyas, de cualquier forma. Era simple y brillante, y esperaba que ella lo amara tanto como yo la amo a ella.

Una pequeña sensación de estallido llenó mis entrañas como esos caramelos tontos que Rose amaba. ¿Qué pasa si la estaba presionando demasiado rápido? No. No, ya había pensado en esto. Era la mejor manera.

Abrí el cajón superior de la mesita de noche, y deslicé la caja con el anillo hasta el fondo. La llave del agua en el baño se cerró, y fui de vuelta al armario, quitándome la camisa. La tiré en el cesto al mismo tiempo que Rose entró en la habitación. Vino detrás de mí y colocó una mano en mi espalda desnuda. Presionó un pequeño beso en mi hombro y me preguntó:

—¿Traes a Hamlet por mí antes de ducharte?

Le sonreí, y asentí. Rose estaba tan determinada a hacer que Hamlet la quiera que jugaba con la gata por al menos media hora antes de ir a la cama cada noche. Hamlet se quedaba con ella siempre que Rose sacudiera el juguete con plumas en el aire, pero al minuto que Rose tratara de tocarla, ella se iba.

Encontré a Hamlet en la cocina, escondida bajo la mesa de la cocina. La alcancé con la mano por debajo, y ella embistió con su cabeza contra mis dedos, ronroneando. La levanté al mismo tiempo que Rose me preguntó:

—Cariño, ¿Has visto el juguete del gato?

Caminé dentro de la habitación, y coloqué a Hamlet en la cama. Ella se agachó y miró a Rose con desconfianza.

—¿Dónde lo viste por última vez? —Le pregunté.

—Creí que lo había dejado sobre la cómoda, pero no puedo encontrarlo.

Acaricié a Hamlet una vez para calmarla, luego le di un beso rápido a Rose en la mejilla.

—No lo sé, cariño. ¿Estás segura de que no lo dejaste en otro lugar?

Suspiró, y comenzó a buscar en otros lugares alrededor de la habitación. Me di la vuelta y escondí mi sonrisa cuando me fui. Entré en el baño y abrí la llave de la ducha. Esperé unos segundos, fui de vuelta al pasillo.

—¿Rose? —llamé.

—¿Sí?

—¡Busca en los cajones de la mesita de noche! Ella estaba jugando con él en medio de la noche, creo que recuerdo haberlo tomado y guardado allí.

—¡Está bien!

A través de la puerta abierta, la vi caminar alrededor del borde de la cama. Caminé en el lugar por unos segundos, dejando que mis pies pisaran un poco más pesado de lo necesario, luego abrí y cerré la puerta como si hubiera entrado al baño. Luego me escondí en el espacio entre la parte posterior de la puerta de la habitación y la pared donde podía mirar a través de la grieta entre las bisagras. Ella abrió el cajón superior, y mis latidos sonaban como un bombo. No sé cuándo había comenzado a latir tan fuerte, pero ahora era todo lo que podía oír. No era que le iba a pedir que se case conmigo ahora. Es sólo que conocía a Rose, y sabía que ella tendía a entrar en pánico. Estaba dándole una enorme, muy obvia pista para que tenga tiempo de adaptarse antes de que realmente se lo pidiera. Luego, en unos meses, cuando piense que se ha acostumbrado a la idea, se lo preguntaría de verdad. Ese era el plan de todas formas. Se suponía que era simple, pero esto se sentía… complicado.

De pronto, pensé en las mil maneras en las que esto podría salir mal. ¿Y si se asustaba? ¿Y si salía corriendo como lo hizo en nuestra primera noche juntos? Si salía corriendo, ¿Volvería a Texas? ¿O iría con Vico que vivía en el norte de Filadelfia? Él la dejaría quedarse hasta que ella resuelva las cosas, y luego, ¿Qué pasa si algo entre ellos se desarrollara? ¿Y si sólo me dice que no? Todo estaba bien justo ahora. Perfecto, en realidad. ¿Y si lo estaba arruinando por llevar a cabo este truco?

Estaba tan absorto en mis predicciones que ni siquiera vi el momento en el que encontró la caja. Sin embargo, la oí abrirla, y la escuché exhalar y decir:

—Oh Dios mío.

Cuando antes mi boca había estado seca, ahora no podía tragar lo suficientemente rápido. Mis manos estaban temblando contra la puerta. Ella sólo estaba de pie allí, de espaldas a mí. No podía ver su rostro. Todo lo que podía ver era su tensa y recta espina dorsal. Se tambaleó un poco.

¿Y si se desmayaba? ¿Y si la había asustado tanto que ella realmente perdía el conocimiento? Comencé a pensar en maneras para explicarlo. ¿Se lo estaba guardando a un amigo? ¿Era un accesorio para un show? Era… era… mierda, no sabía. Podía simplemente disculparme. Decirle que sabía que era muy rápido.

Esperé a que hiciera algo —gritar, correr, llorar, desmayarse. Cualquier cosa sería mejor que su quietud. Debí haber sido honesto con ella. No era bueno en cosas como ésta. Dije lo que estaba pensando… no planes, no manipulación.

Finalmente, cuando pensé que mi cuerpo se derrumbaría sólo por el estrés, se dio la vuelta. De frente a la cama, y sólo pude ver su perfil, pero se estaba mordiendo el labio. ¿Qué significaba eso? ¿Estaba sólo pensando? ¿Pensando en una forma para librarse de esto?

Luego, lentamente, como el amanecer asomándose por el horizonte, sonrió. Cerró la caja. No gritó. No salió corriendo. No se desmayó. Pudo haber un poco de llanto. Pero sobre todo… bailó.

Se tambaleó y saltó y sonrió de la misma manera que lo había hecho cuando la lista de reparto para Fedra fue publicada. Se dejó llevar de la misma manera que lo hizo la noche de la apertura, justo antes de que hiciéramos el amor por primera vez.

Tal vez no tenga que esperar unos meses después de todo. Dijo que quería mi mejor línea para mañana después del show, y ahora sabía cuál iba a ser.

FIN