Detonación

#Disarm

No pude dormir en toda la noche, pensando en las caricias y el beso y lo que dijo acerca de las complicaciones. Se iría en once días y no volvería durante medio año, no nos haría ningún bien iniciar nada ahora, sobre todo algo tan complicado como dormir juntos.

Sin embargo, una pequeña parte de mí lo quería de todos modos, quería empujar a través de la barrera que nos había retenido durante todos estos años y averiguar qué demonios había del otro lado. Todos estos años había mantenido mi enamoramiento a raya, pensando que nada podría suceder entre nosotros, que fuimos desterrados para siempre al desierto de la amistad.

¿Qué si había alguna otra parte, un terminal en el medio en el que pudiéramos estar juntos en cuerpo y mantener nuestros corazones separados para no poner en peligro la amistad? ¿Ese tipo de lugar incluso existía?

Finalmente me quedé dormida cuando se me ocurrió una respuesta, las posibilidades me llenaban con una sensación de esperanza.

Al día siguiente llegué a casa del trabajo con un plan y una bolsa de comida para llevar, de Chili. Saqué los platos y comencé a preparar la comida cuando Nick y vino caminando fuera de mi dormitorio con pantalones de camuflaje y una camiseta blanca que abrazaba sus músculos.

— ¿Qué hacías en mi habitación? —le pregunté con una ceja levantada.

Él levantó una funda de pierna de pistola que había utilizado por última vez en Halloween cuando me había disfrazado de Lara Croft.

—Estaba haciendo mis cosas y no podía encontrar mi otra funda. Y he aquí que ella estaba en tu habitación.

—Lo siento —le dije—. Supongo que se me olvidó devolverla.

—Ah, sí —dijo con esa mirada sexy, deslizándose de nuevo—. Puedes tener esto primero, sólo tienes que usar ese traje todos los días.

Estaba pensando por una réplica adecuada cuando la comida llamó su atención.

— ¿Qué es todo esto? —preguntó, de pie delante de la encimera.

—Sólo quería recordarte lo que te perderás cuando te hayas ido.

—No estás jugando limpio.

Me incliné sobre el mostrador y apreté mis brazos juntos, como lo había hecho en el bar, el escote de mi vestido cruzado era el marco perfecto para mis bienes.

—Oye, cuando las tienes, las usas.

Los ojos de Nick se esforzaron de mantenerse al margen de su maldito destino, mi escote, pero al final, el tirón gravitacional era demasiado. Tragó saliva y frunció el ceño.

— ¿Qué estás haciendo?

Sostuve su mirada, tratando de transmitir mi mensaje.

—Recordarte lo que te pierdes.

Mi corazón latía salvajemente mientras me estudiaba, su expresión cambió de la duda al deseo. Después de lo que pareció una eternidad, se apartó del mostrador y se acercó a mi lado, colocando sus manos en el borde del mostrador, esencialmente capturándome en su lugar. A centímetros su cara de la mía, preguntó con voz ronca:

— ¿Tienes alguna idea de lo que me haces?

Negué con la cabeza, pero no me importó.

Dio un paso más cerca, presionando su erección contra mi entrepierna.

—Me pones loco. —Bajó la cabeza y sentí su aliento en mi cuello, en mi oreja—. Me haces desear algo que no puedo tener.

Mi aliento salió en jadeos desiguales cuando dije:

—Soy todo tuya, Nick.

Sus manos se agarraron de la falda de mi vestido, envolviendo hacia arriba en sus puños.

—Te he deseado durante mucho tiempo, Rose —dijo—. Si no estás segura acerca de esto, dímelo ahora y  daré un paso atrás y podremos volver a pretender que todo es lo mismo.

El dobladillo de mi vestido se levantó unos centímetros más arriba de mi muslo mientras recogía más tela en sus manos. Estaba paralizada por la curva de su labio superior, preguntándome cómo nunca había notado sus labios perfectos  hasta la actualidad.

—Rose, dime —gruñó

Tiré de sus chapas de identificación y acerqué su cara a la mía.

—Te deseo tanto como tú me deseas —le susurré contra sus labios.

Sus manos se apoderaron de mi culo y me levantó en el mostrador al mismo tiempo que su cabeza cayó hacia abajo por un beso. Deslizó el vestido hasta los muslos, con las palmas caliente sobre mi piel, y de repente, sus manos estaban dentro de mis bragas de encaje. Di un grito ahogado cuando sus dedos encontraron mi entrada. Empujó un largo dedo dentro, y lo apretó mientras gemía.

— ¿De verdad quieres esto? —preguntó, la duda seguía siendo evidente en su voz. O tal vez sólo le gustaba oírme suplicar. Empujó otro dedo en el interior y comenzó una carrera lenta y resbaladiza.

— ¿Qué piensas? —le pregunté, sabiendo que estaba empapada.

—Pienso —empezó a decir, moviendo los dedos hacia arriba de una forma exquisita que me hizo jadear, alcanzando el lugar correcto—… Que… —Otro movimiento—… Tú… —di un grito ahogado—… Eres… —Le apreté con fuerza, intensificando las sensaciones—… Sexy…—Tan cerca. —Joder. —Con eso, comenzó a mover los dedos con rapidez, y al cabo de unos segundos, tiré la cabeza hacia atrás y acabé a su alrededor, mis piernas y mis entrañas temblando mientras él seguía con el asalto.

Le agarré la cabeza y le di un beso, gimiendo en su boca.

—Quiero sentirte dentro de mí.

Él vaciló, mirando a su habitación, cuando agarré su cabeza y lo besé de nuevo.

—Estoy tomando la píldora —le dije—. Y estoy limpia. ¿Lo estás tú?

—Oh, sí —dijo, y arrastró más besos por mi piel. Desabroché sus pantalones y metí la mano en sus calzoncillos, envolviendo mis dedos alrededor de su eje duro. Él agarró mi muñeca, impidiéndome acariciarle —No. Quiero algo más. —se bajó los pantalones y calzoncillos, dejando libre su gran polla. Miré hacia abajo de forma adecuada, por primera vez, impresionada no sólo por su longitud sino su grosor. Nick era un chico grande con un gran juguete acorde— ¿Estás lista?

Cuando asentí, apretó la cabeza en la entrada y luego se deslizó en mi interior de un sólo golpe limpio.

Di un grito ahogado, sintiéndome tan llena que podría explotar. Le apreté mientras embestía, y luego se deslizó hacia atrás centímetro a delicioso centímetro. Apreté mi boca en su cuello para no gritar en voz alta, mi cuerpo era un manojo de nervios a flor de piel.

—Rose —dijo entre dientes, sus manos en mi trasero cuando comenzó a aumentar el ritmo. Envolví mis piernas alrededor de su cintura, y se hundió más profundo—. Te sientes tan jodidamente bien —gimió contra mi pelo.

Con eso me corrí de nuevo, el orgasmo estallando a través de mi cuerpo como un blanco y caliente maremoto. Nick dio un pequeño gruñido y bombeó más rápido, agarrándome con tanta fuerza contra él que estuvo a punto de levantarme del mostrador. Con un empuje final su cuerpo se puso rígido y apretó su cara contra mi cuello, tratando de recuperar el aliento. Agarré la parte posterior de su cabeza y lo sostuve apretado, sin querer dejarlo ir, queriendo retenerlo dentro de mí para siempre.

Después de un momento, miró hacia arriba, con los ojos en un mar de emociones. Parecía preocupado cuando dijo:

—Hay algo más que no he dicho.

Mi corazón se detuvo. No podía tener más malas noticias, no ahora.

—Estoy enamorado de ti, Ross —susurró, como si tuviera miedo de ser escuchado—. Te he amado desde ese día que por primera vez me cortaste el pelo.

En lugar de hacer frente a la sorprendente confesión, me lancé directamente en el recuerdo, cuando apenas tenía quince casi dieciséis años, en realidad, y Peter y Nick estaban a punto de dirigirse a la universidad.

Nick siempre había lucido el pelo más largo que a veces lo tenía que le rozaba los hombros, pero tenía que tener el pelo corto para el ROTC. Desde que mamá no estaba en casa, yo era la única calificada para usar las tijeras, por lo que había llevado a cabo la tarea difícil, frenética y desgarradora de cortar todo ese
hermoso cabello rubio y ondulado. Había sentido sus ojos en mí por medio del espejo, pero mantuve mi atención, con cuidado de no enviar a Nick a la universidad con un torcido corte de pelo.

El sabotaje se me ocurrió en un momento de puro egoísmo —pensar que las desvergonzadas universitarias podrían dejarlo solo si tenía una calva en un lado de la cabeza— pero al final no pude hacerlo. Ya estaba desfigurando algo hermoso, cortando la cosa que nos unía, y no podría posiblemente estropearlo aún más.

Cuando terminé, lo miré a través del espejo, y se había ido el chico que conocí una vez. En su lugar había un joven pulcro, listo para enfrentarse a la academia y el mundo, y finalmente hundida en que él estaba dejándome. Nunca volvería a vivir a sólo dos calles de distancia, nunca más vendría a pasar el rato y jugar
videojuegos.

Mi corazón se había roto diez veces ese día.

Pero ahora mismo el chico que estaba en mis brazos, me decía que estaba enamorado. Y yo estaba confundida como el infierno. Pensé que podía leer todos sus pensamientos, pero su confesión me sorprendió, me hizo preguntarme si yo lo conocía en absoluto.

—No sabía… —empecé—. Pensé que esto era sólo sexo.

Él se echó hacia atrás como si hubiera pulsado un hierro caliente en su pecho.

—En todo el tiempo que has vivido aquí, ¿cuántas veces me has visto sólo teniendo sexo con una mujer?

Me encogí de hombros, pensando en todas las mujeres que habían acompañado a Nick a nuestra casa. Había tenido dos novias desde que vivía aquí, y ambas duraron al menos unos cuantos meses, sin duda más que una aventura de una noche.

—Ninguna —le dije con un hilo de voz.

Me sentí vacía cuando se retiró de mí y se subió los pantalones de camuflaje, como si de alguna manera hubiera devuelto todo el placer que me había dado sólo unos minutos antes. Negué con la cabeza, preguntándome cómo demonios se habían descarrilado las cosas tan rápido.

—Así no es como se supone que debería ser.

Me lanzó una mirada inquieta diciéndome que no esperaba este final tampoco, pero como un caballero, me ayudó a bajar de la mesa y enderezó mis ropas.

—Bueno —empezó a decir, tratando de tener un tono más ligero—, gracias por el buen sexo. Comeré las costillas más tarde.

Si trataba de herirme, lo había conseguido. Con el pecho dolorido, le vi tomar las llaves del gancho e irse.

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